
Hablemos de fútbol
Mundial 2026: una buena excusa para hablar sobre cultura, técnica y sociedad
Provocar la pregunta
El trabajo docente muchas veces implica pensar cómo provocar ciertas conversaciones, cómo hacer circular la palabra. El Mundial, sobre todo en Argentina, es un evento que colabora con los espacios curriculares en la medida en que genera interés sobre cuestiones que a menudo no notamos.
Pienso que tal vez sea una buena excusa para ubicar los países que participan del torneo en geografía, hablar de su historia y su conformación; un buen motivo, por ejemplo, para hablar sobre aquel Mundial que se organizó en nuestro país, durante la última dictadura cívico-militar; quizás el fútbol sea una razón para observar a los deportistas y preguntarse desde la anatomía dónde se lesionan y por qué, después de todo, el cuerpo humano no existe en abstracto y los futbolistas son ¿adaptaciones? para el alto rendimiento deportivo. Y la lista podría seguir, pero quiero detenerme en un tema muy concreto: la técnica.
Recientemente publicamos un breve comentario de la obra de Gilbert Simondon, recomendado ampliamente como ingreso o continuación a lo que planteo a continuación. Porque si bien es muy evidente que hablar de fútbol es hablar de cultura, de las prácticas comunes que nos damos y también de cómo participa este deporte de nuestra identidad colectiva, no es tan frecuente observar que nuestra vivencia del fútbol tiene todo que ver con las tecnologías.
Nótese: practicar fútbol es aprender una técnica, un manejo de la pelota en su relación con los cuerpos, pero además este tipo de eventos deportivos de escala mundial no serían posibles sin diversos tipos de tecnologías que intervienen. Podemos hablar de medios masivos, internet y redes sociales, o bien del popular e histórico invento del álbum de figuritas; pero también de fenómenos como el tan discutido VAR o las cámaras que portan los árbitros que, al menos para mí, son una novedad.
Intento hablar aquí de algo muy central en el pensamiento de Simondon que contribuye a pensar que el fútbol es una buena excusa para pensarnos a nosotros mismos: la técnica es cultura y por eso está mezclada con todo lo que hacemos, más allá de los celulares propiamente. Y por esta senda, traigo preguntas para compartir.
¿Cómo recordamos la final de Qatar?
Seguramente, la primera imagen sean los festejos de ese diciembre, la gente en las calles, la alegría y el llanto. Pero hablo de algo más: cómo recordamos ese partido.
Habrá quienes tengan presentes las jugadas, otros más específicamente los goles, algunos mencionarán los memes. En todo caso, y lo que es seguro, es que no recordamos todo el partido. Es más, si lo viésemos completo otra vez, descubriríamos cosas que hemos olvidado. De allí la gracia de volver a ver y volver a sentir.
Hasta hace poco, los derechos de reproducción de ese partido —y por ende el registro en video, completo— le pertenecían a un canal de deportes —quizás a más de uno, lo dejo a libre googleo. Recuerdo que en determinadas fechas especiales, como fin de año en 2022, lo transmitieron nuevamente. Y lo vimos, como por primera vez, otra vez.
Los derechos y la propiedad de los registros de sucesos como la final de Qatar condicionan las formas en las que podemos volver a ver, recordar y apropiarnos de esas partes de nuestra historia reciente. El registro audiovisual, el almacenamiento y las formas de distribución, sean plataformas o canales de televisión, son tecnologías que se entrelazan con la memoria de las sociedades.
Cabe entonces preguntarnos, para un evento significativo para muchos, ¿debería permanecer sólo en servidores privados, para que unos pocos dispongan cuándo y cómo verlo? La economía digital opera en esta dinámica de rentas sobre lo intangible —es decir, lo digital—, como sugiere Cedric Durand en su ya muy citado Tecnofeudalismo.
Pero pasan otras cosas a la vez: en Youtube sí hay resúmenes, incluso, no hace tanto, algún usuario subió la versión completa del encuentro deportivo ¿Cómo es eso posible teniendo en cuenta los derechos y la propiedad? Ahí también hay cultura y hay técnica, hay cierto ingenio y desvíos en esas pequeñas grietas que encontramos para seguir compartiendo.
¿Cómo vemos los partidos?
El televisor es la estrella del Mundial. Si no me creen, pueden preguntarle a Noblex. Lo que podemos observar es que el tamaño de las pantallas habla sobre un diseño para el consumo. Mucho se habla de esto en relación con los algoritmos, pero me interesa destacar que es válido pensarlo sobre muchos otros objetos técnicos.
El Mundial se mira en pantalla grande. Es la reunión, el comentario y el folklore, especialmente en nuestro país, de compartir estos eventos deportivos. No es actual, no empezó con la tele, sino que es parte de una larga tradición de cancha de fútbol y platea, que por cierto son también tecnologías —arquitecturas, logísticas y formas de comunicación— indisociables de la cultura del deporte.
Desde Faro, insistimos en que ninguna tecnología es neutra porque aloja una historia de tensiones y poder que la hace ser como es. El Mundial transmitido por los canales de televisión, resguardado y distribuido por los propietarios de los derechos es sólo una parte de ese entramado. El Mundial en el televisor es de las pocas prácticas que, como ir al cine, implican ver a la vez y en común. Esto nos permite notar que, contra la centralidad de la pantalla pequeña, juntarnos a ver en pantalla grande es otra cosa. Una oportunidad para preguntarnos ¿por qué no pasa más seguido? ¿Por qué sólo el Mundial? ¿De qué hablamos cuando vemos juntos?
¿Qué vemos, además de fútbol, cuando vemos los partidos?
Sabemos que el torneo internacional es, ante todo, un fenómeno recaudatorio sin comparación ¿Sabemos por qué?
Sospechamos que el precio de las entradas participa, pero hay otro motivo que insiste e insiste delante de nuestros ojos: la publicidad. No sólo para la organización, sino también para los jugadores, los miles de ojos son una gigantesca oportunidad. Con levantar la mirada en la calle, observaremos que los carteles con Messi, De Paul o el Dibu aparecen de una a tres veces por cuadra. No obstante, es otro tipo de publicidad la que me interesa, una muy frecuente en el fútbol de los últimos años: las de plataformas de apuestas.
Por la frecuencia y ubicuidad de esos anuncios, cabe pensar que es inmensa la inversión que se realiza. Así también, es difícil pensar que los y las adolescentes no hayan visto, al menos una vez, uno de esos avisos ¿Los recuerdan? ¿Qué recuerdan de ellos? La normativa vigente exige que se detalle que el juego es nocivo y que los menores de edad no pueden apostar ¿Consideran que alcanza esa nota al pie para prevenir?
¿Qué piensan las adolescencias sobre apostar?
Es necesario abrir la pregunta, correrse del prejuicio y escuchar ¿Por qué creen que les está prohibido apostar? ¿Por qué se hacen estas advertencias? ¿Puede llegar a pasar que alguien prefiera ganar una apuesta a que gane la selección? Estar abiertos al silencio y al desconocimiento, pero también a buscar argumentos que contribuyan al cuidado propio y mutuo.
Porque a veces no alcanza con decir “no se puede”, “no está bien”, aunque tengamos la certeza de que es así. Busquemos las respuestas juntos. Porque hay algo muy injusto y muy nocivo en el hecho de que siempre gana la casa y que existen estructuras técnicas, de estímulos y recompensas, diseñadas para encerrar. Patrones oscuros similares a —o quizás más densos que— los que señala Luca Carrubba, en otro texto que hemos publicado.
Por otra parte, es bueno contemplar que si hay tecnologías es porque hay personas. Acercarnos a los motivos por los que apuestan quienes lo hacen, muchas veces no depende de una pregunta lineal y concreta, sino que aparece en el vínculo, en la conversación y en la confianza. La escuela, el lugar de lo cotidiano y la palabra, aparece como un agente clave en la construcción de ese camino, aunque no sea el único en la tarea.
Abrir la cultura es abrir la técnica
Hablemos de fútbol, porque lo que pasa hoy es eso. Podríamos hablar también de un youtuber, de un meme, de la expedición al fondo del mar o de los premios Martin Fierro. El punto es que la técnica nos rodea de muchas formas porque es la cultura. Y para hablar de esa cultura, que es nuestra cultura y la de nuestros estudiantes, tenemos que abrir tiempo y espacio en las aulas. Porque ahí está el para qué de la educación, su sentido: vincularnos a observar, preguntar, pensar y dialogar sobre los asuntos del mundo.
Sucede que, en momentos específicos, algunas técnicas son dispuestas para totalizar nuestra vida cotidiana, entonces nos merecen más atención para definir qué hacer en torno a ellas. Es prudente entonces partir de la base de que toda técnica demanda una política, una forma de proceder sobre y a través de ella. Tematizarla es comenzar a abordarla y no debemos renunciar a esa conversación.
Y a la vez, contemplar que vivimos en un mundo con técnicas diversas, en el presente y en la historia, es una forma de acercarnos a la posibilidad de existencia de técnicas otras. Creer que la tecnología es lo que es es parte de su propia disposición a totalizar nuestra imaginación. Observar las grietas y desvíos que ejercemos en el ingenio cotidiano contribuye a insistir en la imaginación de una forma de lo técnico y una relación menos desigual.
Camila Galdames para Faro Digital
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