
Amar a las máquinas
A partir de las ideas de Gilbert Simondon
Ni miedo ni fascinación: comprender la técnica como parte de la experiencia humana. Reflexiones desde El modo de existencia de los objetos técnicos y el pensamiento de Gilbert Simondon.
Un problema atraviesa nuestra relación con la tecnología: la pensamos mal.
Oscilamos entre dos extremos. Por un lado, el miedo: la máquina como amenaza. Por otro, la fascinación: la tecnología como solución mágica. Ambas posiciones comparten el mismo error: tratan a la técnica como algo ajeno.
El error: separar técnica y cultura
Para Gilbert Simondon, la cultura moderna cometió una ruptura decisiva: separar la técnica de la cultura. Esa división hizo que las máquinas aparezcan como objetos externos, incluso hostiles. Como si no fueran nuestras, pero lo son.
Los objetos técnicos contienen realidad humana. Son resultado del pensamiento, de la invención, de la historia colectiva. No entenderlos produce alienación. Y la alienación no es tecnológica. Es cultural.
¿Qué es un objeto técnico?
Simondon propone mirar la técnica de otra manera. No como herramientas aisladas, sino como sistemas.
En su teoría de la técnica distingue tres niveles: elementos técnicos (herramientas), individuos técnicos (máquinas) y conjuntos técnicos (redes, fábricas, infraestructuras). Estos niveles no funcionan por separado. Interactúan, evolucionan, se transforman juntos.
Comprender esto cambia la pregunta: la técnica no es un objeto, es un entramado.
Amar las máquinas (pero entender qué significa)
Simondon propone algo incómodo: aprender a amar las máquinas. No en un sentido romántico, sino cultural. Amar implica comprender. Reconocer su lugar en el mundo humano, participar en su organización.
El problema no es que las máquinas existan, es no entenderlas. El ser humano no es solo usuario de tecnología, es organizador de un mundo técnico, como un director que coordina una orquesta.
La técnica nunca es neutral
Toda tecnología se desarrolla en una matriz social. Intervienen intereses económicos, decisiones políticas, formas de organización del trabajo. Por eso, comprender la técnica también implica preguntarse: quién la diseña, para qué, bajo qué condiciones. Pensar la tecnología así permite salir de dos trampas: el entusiasmo ingenuo y el rechazo total. Se abre así otra posibilidad: una cultura técnica crítica.
Lo técnico es también colectivo
No existimos como individuos aislados. Nos formamos en relación con otros, con el entorno y con las tecnologías que usamos. Simondon llama a esto lo transindividual: aquello que nos atraviesa y nos conecta en procesos colectivos.
Las máquinas no son objetos neutros porque condensan historia, conocimiento, relaciones sociales. Entenderlas no es solo saber cómo funcionan. Es entender cómo organizan nuestras formas de vivir juntos.
Pensar la técnica hoy
Hoy vivimos en entornos donde algoritmos, datos y plataformas estructuran gran parte de nuestras relaciones. El problema no es usar tecnología, es no entender cómo funciona y cómo nos configura.
El desafío no es rechazarla ni aceptarla sin crítica. Es desarrollar una cultura técnica capaz de comprender sistemas, redes y lógicas. Y, sobre todo, intervenir en ellas.
¿Qué nos deja Simondon?
Una idea clave: la técnica no es solo lo que usamos, es el entorno en el que vivimos.
Un celular no funciona solo. Depende de redes, servidores, satélites, algoritmos y millones de personas. Entender la técnica es entender esa red, es ver cómo conecta objetos, personas y sociedad.
Más allá del miedo y la fascinación
Volvamos al punto de partida: el miedo y la fascinación son dos caras del mismo problema: pensar la tecnología como algo autónomo. Pero no lo es.
La técnica no es ni enemiga ni salvadora, es parte de la cultura que construimos. El desafío no es temerle ni fetichizarla, es comprenderla. Y, desde ahí, decidir qué lugar queremos que tenga en el mundo que estamos creando.
Publicado en Instagram el 20 de abril de 2026
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