Demasiado adultos, demasiado rápido

A partir de las ideas de Carlos Skliar

¿Y si la infancia no tuviera que traducirse en resultados o datos? Carlos Skliar recuerda que educar no es exigir destino, sino hacer lugar. Reflexiones en torno a la lectura de su libro Pedagogías de las diferencias

El gesto de educar

Educar no es sólo transmitir conocimientos ni preparar a alguien para una función futura. Para Carlos Skliar, educar es entablar una conversación sobre qué haremos con el mundo y qué haremos con nuestras propias vidas. La educación no aparece como una preparación utilitaria para el futuro, sino como una forma de vida compartida en el presente. No se trata de formar individuos para adaptarse a lo que ya existe, sino de ampliar el mundo para que pueda vivirse de otras maneras.

Educar, entonces, no significa preparar para “ser alguien”, significa ofrecer mundo: abrir espacio, crear condiciones de encuentro y sostener una experiencia común donde la vida pueda pensarse junto a otros.

La infancia no se interrumpe

Una de las advertencias más fuertes del pensamiento de Skliar es la prisa adulta. En nombre del progreso, la eficiencia o el rendimiento, la infancia suele convertirse en una etapa que hay que acelerar. Sin embargo, la infancia necesita duración. Hacerla durar todo lo posible, sin artificios, sin apuros, sin convertir cada experiencia en un resultado medible. Desde esta mirada, la escuela no debería domesticar ni adaptar a chicos y chicas al mundo adulto, sino preservar un tiempo distinto: un tiempo denso, lleno de juego, preguntas y exploración. La infancia enseña algo que la lógica productiva suele olvidar: mirar sin finalidad inmediata. Habitar el tiempo sin la presión constante del resultado.

El lenguaje como territorio vivo

Nos enseñaron a pronunciar la lengua, pero no siempre a escucharla. Para Skliar, el lenguaje no es sólo un instrumento de comunicación ni un contenedor de información. El lenguaje es refugio, ritmo, memoria y posibilidad. No se trata únicamente de producir discursos correctos, sino de habitar las palabras, de encontrar en ellas una forma de relación con el mundo; de producir sentidos, en interacción con el ecosistema informacional, comunicacional, social y digital. Estudiar, desde esta perspectiva, es un tipo de atención. Una forma de intimidad con aquello que nos rodea. No es acumular contenidos, sino abrir una escucha.

Cuidar sin vigilar, acompañar sin domesticar

El cuidado ocupa un lugar central en esta pedagogía. Pero cuidar no significa controlar ni vigilar cada movimiento.
No hay cuidado posible sin conversación, sin afecto y sin tiempo compartido. Cuidar es acompañar lo que duele, lo que inquieta, lo que se mueve en la experiencia de crecer.

En un mundo que exige velocidad, rendimiento y productividad permanente, educar también implica sostener la lentitud, el afecto y el pensamiento. Interrumpir la maquinaria utilitaria que mide todo en función del resultado.

Igualdad como punto de partida

En la tradición pedagógica dominante, la igualdad suele presentarse como un objetivo a alcanzar. Skliar propone invertir esa lógica: la igualdad no es un destino, sino una atmósfera para comenzar. Un supuesto inicial que hace posible la experiencia educativa. Si la escuela replica las jerarquías y desigualdades del mundo adulto, pierde su potencia transformadora. Hacer escuela implica construir otros tejidos sociales, crear condiciones de posibilidad para que cada persona pueda comenzar algo propio.

Estudiar no es producir: es hacer lugar

Volverse estudiante no significa demostrar rendimiento ni acumular saberes. Significa reconocer que no hay nada equivocado en quien uno es y abrir una relación ética con el mundo.

Estudiar es disponerse a aprender, a demorarse, a cuidar aquello que aparece en el encuentro con el conocimiento. Desde esta perspectiva, la escuela no forma sujetos para el sistema. Ofrece un lugar donde detenerse, pensar, volver a empezar y habitar el presente con otros.

 

Publicado en Instagram el 27 de junio de 2025
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