
¿Quién pensaba antes de ChatGPT?
Milagros Schroder ensaya una pregunta sobre las tareas de crianza, la distribución de responsabilidades y la delegación a la luz de las inteligencias artificiales.
¿Dónde empieza la delegación?
En Tik Tok e Instagram circula un reel con una propuesta para mujeres: cobrarles un dólar a sus parejas cada vez que preguntan dónde está algo en la casa.
¿Dónde están las llaves? Un dólar. ¿Dónde guardamos las curitas? Un dólar. ¿Dónde está la remera de fútbol? Un dólar.
La idea no es recaudar. Es introducir una pequeña fricción antes de hacer la pregunta. «Buscá con intención de encontrar» es mi frase de cabecera. Tratá de acordarte. Pensá dónde podría estar. Usá tu cerebro antes de usar el mío.
En un reel de la cuenta de Instagram @beahappierparent, un hombre cuenta que al principio esta práctica lo enojaba. Hasta que empezó a advertir que funcionaba: antes de preguntarle a su mujer dónde estaba algo, empezó a intentar resolverlo por su cuenta. Y entendió que cada una de esas preguntas hacía su vida un poco más fácil a costa de trasladarle a ella una pequeña tarea mental.
Pensé inmediatamente en ChatGPT y el apocaliptico «vamos a dejar de pensar».
Una de las preocupaciones alrededor de la inteligencia artificial generativa es que, si podemos delegarle cada vez más tareas, vamos a dejar de pensar. Si una IA escribe, resume, busca, relaciona, calcula, ordena y recuerda por nosotros, ¿qué capacidades vamos a perder?
Es una pregunta necesaria. Pero quizás presupone algo que vale la pena revisar: que hasta la aparición de estas tecnologías cada persona realizaba su propio trabajo cognitivo.
Externalizar el pensamiento no empezó con la IA
Hace mucho que usamos tecnologías para sacar parte de nuestro trabajo cognitivo fuera de nuestra cabeza. La escritura nos permite no depender exclusivamente de la memoria. La calculadora realiza operaciones que podríamos hacer mentalmente. Google evita que recordemos una enorme cantidad de información. El GPS nos permite llegar sin construir previamente un mapa del recorrido.
Pero no siempre delegamos nuestro pensamiento en tecnologías. También lo delegamos en otras personas.
Esta discusión tiene una historia que en América Latina conocemos bien desde la economía feminista. Autoras como la economista argentina Corina Rodríguez Enríquez vienen mostrando que el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado no es simplemente una suma de tareas privadas: sostiene cotidianamente las condiciones para que otras personas puedan estudiar, trabajar, descansar y disponer de su tiempo. Si llevamos esa mirada al terreno cognitivo aparece otra dimensión de esa disponibilidad: para que alguien pueda no estar pendiente, otra persona tiene que estarlo.
En 2019, la socióloga Allison Daminger publicó The Cognitive Dimension of Household Labor. Allí propuso pensar como una dimensión específica del trabajo doméstico aquello que muchas veces queda escondido bajo expresiones como “organizar” o “estar pendiente”. Lo llamó trabajo cognitivo y distinguió cuatro operaciones: anticipar necesidades, identificar posibles respuestas, tomar decisiones y monitorear que aquello que debía suceder efectivamente suceda.
En los talleres de crianza digital de Faro Digital hay una escena que se repite: la enorme y arrrasadora mayoría de quienes participan son mujeres. No llevamos un registro sistemático de esa distribución, pero la recurrencia es suficientemente marcada como para haberse convertido en una observación del equipo.
No es un dato menor. Participar de un taller también es trabajo: alguien tuvo que advertir que había algo de la crianza digital sobre lo que necesitaba saber más, buscar un espacio, hacerse el tiempo para asistir, escuchar, formular preguntas y después llevar esas preguntas nuevamente a su hogar.
Alguien tuvo que advertir que había algo de la crianza digital sobre lo que necesitaba saber más, buscar un espacio, hacerse el tiempo para asistir, escuchar, formular preguntas y después llevar esas preguntas nuevamente a su hogar.
Reconocer en qué pensar
Muchas veces no se trata de aprender a usar una tecnología. Se trata de pensar cuándo dar un celular, qué hacer con los videojuegos, cómo acompañar el acceso a redes sociales, cómo conversar sobre pornografía o qué hacer cuando aparece una situación de hostigamiento.
El trabajo cognitivo no consiste solamente en resolver esas situaciones cuando ocurren. Consiste también en advertir que hay algo que pensar, buscar herramientas, construir un criterio y seguir monitoreando qué pasa después.
Por eso, cuando Daminger distingue entre anticipar, identificar alternativas, decidir y monitorear, la escena nos resulta muy reconocible.
En las parejas heterosexuales que estudió Daminger, las mujeres realizaban más trabajo cognitivo y la desigualdad era especialmente marcada en dos operaciones: anticipar y monitorear.
En 2025, Ana Catalano Weeks, Helen Kowalewska y Leah Ruppanner avanzaron un poco más. Encontraron que cuando aumentaban el empleo y los ingresos de las mujeres podía disminuir la proporción de trabajo doméstico físico que realizaban, pero no necesariamente su carga cognitiva. Llamaron a esa resistencia gendered cognitive stickiness: una especie de “adherencia” generizada del trabajo.
El tema, entonces, no es solamente quién hace una tarea. Es quién queda a cargo de pensarla.
¿Y si no pensar también fuera un privilegio?
La posibilidad de descargar trabajo cognitivo sobre otras personas estuvo distribuida de manera desigual y esa desigualdad está fuertemente generizada.
Algunas personas pudieron olvidar porque otras recordaban. Pudieron no anticipar porque otras anticipaban. Pudieron llegar cuando había que tomar una decisión porque alguien ya había construido las alternativas entre las cuales decidir.
Quizás algunas formas de autonomía cognitiva fueron posibles precisamente porque existía una dependencia cognitiva que permanecía invisible.
No necesariamente había personas que pensaban más y personas que pensaban menos. Había personas que podían disponer de mayor capacidad cognitiva para determinadas tareas porque parte del trabajo necesario para sostener su vida estaba siendo realizado por otras.
El cruce entre esta discusión y la inteligencia artificial es tan reciente que uno de los trabajos que más directamente lo aborda todavía es un working paper. En julio 2026, Dana Lefkowitz escribió The Crumb Tray Problem: Failure-absorption Infrastructure and the Guilt that Gates Women’s AI Adoption. Su punto de partida es justamente que el cognitive offloading —la descarga de trabajo cognitivo— no nació con la inteligencia artificial: tiene una historia generizada.
Lefkowitz propone el concepto de failure-absorption infrastructure (algo así como infraestructura que absorbe fallas) para nombrar ese trabajo de recordar, seguir, programar, anticipar y detectar pequeñas fallas antes de que produzcan consecuencias para otra persona. La idea desplaza la imagen de la mujer que simplemente “ayuda”: hay alguien funcionando como una infraestructura cognitiva que permite que otra persona no tenga que registrar buena parte de ese trabajo.
Hay alguien funcionando como una infraestructura cognitiva que permite que otra persona no tenga que registrar buena parte de ese trabajo.
Su argumento se concentra especialmente en la adopción de IA por parte de las mujeres y todavía debe leerse como una propuesta en elaboración, no como evidencia consolidada. Pero abre una pregunta potente: si la descarga cognitiva existía antes de la inteligencia artificial, ¿qué estamos diciendo exactamente cuando advertimos que con ChatGPT vamos a “dejar de pensar”?
Tareas y responsabilidades ¿de quién?
Volvamos a la crianza digital. Una madre puede usar ChatGPT para investigar un videojuego, entender una red social, preparar una conversación sobre pornografía o averiguar qué hacer frente a una situación de hostigamiento. Probablemente algunas de esas tareas le lleven menos tiempo.
Pero ella puede seguir siendo quien detecta el problema, entiende que hay algo que averiguar, formula las preguntas, evalúa las respuestas, toma una decisión y monitorea qué sucede después.
La IA alivió parte del trabajo. No necesariamente redistribuyó la responsabilidad.
Pero podría ocurrir otra cosa. La persona que antes esperaba que alguien le dijera “qué hacemos con Instagram” tiene ahora una herramienta que puede ayudarla a informarse, comparar alternativas y llegar a esa conversación habiendo realizado parte del recorrido.
En ese caso, la inteligencia artificial no estaría simplemente reemplazando pensamiento propio. Podría estar reemplazando trabajo cognitivo que antes realizaba otra persona.
Y ahí aparece una tensión importante: una tecnología puede permitir que alguien asuma una responsabilidad que antes delegaba o puede volver todavía más eficiente a quien ya cargaba con ella.
Importa preguntar a quién se lo ahorra, para hacer qué y dentro de qué distribución previa de responsabilidades.
Entonces, ¿vamos a dejar de pensar?
La preocupación por las capacidades que podemos perder con la inteligencia artificial sigue siendo relevante. Si delegamos sistemáticamente la escritura, la búsqueda, la comparación o la argumentación, tendremos que preguntarnos qué sucede con nuestra capacidad para realizar esas operaciones. Pero medir una tecnología solamente por la capacidad individual que reemplaza puede hacernos perder de vista las relaciones que transforma.
Antes de preguntar ¿qué pensamiento estamos delegando en una máquina?, podríamos agregar: ¿quién hacía ese trabajo antes?
Se trata de preguntar qué tareas consideramos “pensamiento” cuando las hace una máquina y cuáles dejamos de ver como trabajo mental cuando las hace otra persona. Porque, si la inteligencia artificial empieza a ocupar una parte de ese lugar, la pregunta no es solamente si vamos a pensar menos. También es quiénes van a poder dejar de pensar qué cosas, qué van a hacer con esa capacidad liberada y si esta nueva infraestructura va a redistribuir el trabajo cognitivo o simplemente va a hacer más eficientes las desigualdades que ya teníamos.
Si para encontrar algo hace falta buscar con intención de encontrar, me pregunto ahora qué sería usar una IA con intención de pensar.
por Milagros Schroder
Coordinadora de Educación de Faro Digital
Suscribite a Modo Avión
Recibí en tu correo las notas y lecturas recomendadas que preparamos para esta sección