La escuela como resistencia cultural contra la plata fácil

A partir de una conversación con Vipi Postay

 

La promesa que llega antes

En muchas escuelas, la promesa de la plata fácil ya no llega como un tema externo. Entra en conversaciones de pasillo, en chistes durante una clase, en apuestas pequeñas que empiezan como juego, en influencers que muestran vidas veloces, en aplicaciones que convierten el riesgo en entretenimiento. A veces aparece con tono irónico, como si nadie se lo tomara del todo en serio. Otras veces aparece como un horizonte concreto: ganar rápido, salir antes, no depender de nadie, demostrar valor sin tener que esperar años.

Ahí se entiende la potencia de lo que plantea la referente en educación Vipi Postay. La escuela compite contra narrativas mucho más veloces, rentables y seductoras: el casino en el bolsillo, la recompensa inmediata, la fama instantánea, el boliche permanente, el influencer que transforma la angustia adolescente en mercado. Esa competencia es profundamente desigual porque ocurre en el terreno donde las plataformas son más fuertes: la atención, el deseo, la urgencia, la promesa de reconocimiento. La escuela difícilmente pueda ganar esa batalla si acepta jugarla bajo las mismas reglas.

La escuela compite contra narrativas mucho más veloces, rentables y seductoras: el casino en el bolsillo, la recompensa inmediata, la fama instantánea, el boliche permanente, el influencer que transforma la angustia adolescente en mercado.

Quizás su tarea más importante empiece justamente ahí: en no parecerse a eso que la arrastra. La escuela pierde cuando intenta competir en velocidad, brillo o espectáculo. Pero puede recuperar sentido cuando ofrece una experiencia que casi ningún otro espacio sostiene. La escuela se destaca y diferencia por el  tiempo compartido, la palabra adulta, la transmisión cultural, la conversación entre diferentes, la demora, las reglas comunes y la posibilidad de elaborar lo que duele sin transformarlo inmediatamente en contenido.

Lo que todavía puede ponerse en común

Una de las ideas más potentes de Vipi es que la escuela sigue siendo un lugar donde algo puede ponerse en común. La frase parece simple, pero en esta época tiene una fuerza enorme. Porque buena parte de la vida adolescente transcurre en espacios fragmentados, personalizados y opacos para el mundo adulto. Cada quien recibe su propio flujo, sus propias recomendaciones, sus propios estímulos, sus propios modelos de éxito, belleza, dinero, pertenencia o violencia. El algoritmo arma un mundo a medida y ese mundo pocas veces se vuelve conversación colectiva.

La escuela recibe las consecuencias de esa dispersión. Los conflictos que nacen en redes llegan al aula; las apuestas online llegan al aula; la pornografía, la violencia digital, la comparación permanente, la ansiedad, el cansancio y la soledad también entran. No lo hacen siempre de manera visible. A veces llegan como silencio, como burla, como provocación, como desgano, como pelea, como captura de pantalla, como una frase que alguien repite sin saber del todo de dónde salió.

Frente a eso, pedirle a la escuela que “resuelva” puede ser injusto y hasta insuficiente. La escuela no inventó sola esos problemas. Tampoco tiene los recursos suficientes para enfrentarlos sin red. Pero sigue siendo uno de los pocos lugares donde esas experiencias pueden dejar de circular como impulsos sueltos y empezar a tomar forma de conversación. Ahí hay una responsabilidad enorme: crear condiciones para que lo que aparece disperso, acelerado o naturalizado pueda nombrarse, discutirse y ponerse en relación con otros saberes.

La batalla por el tiempo

La escuela tiene una función cultural cada vez más incómoda: alargar los tiempos. En una época organizada por la recompensa inmediata, esa tarea puede parecer menor, incluso antigua. Sin embargo, leer un texto difícil, esperar que una huerta crezca, sostener una conversación sin convertirla en espectáculo, revisar un argumento, escuchar a alguien con quien no se está de acuerdo o atravesar una frustración sin descargarla de inmediato son experiencias profundamente contraculturales.

La plata fácil promete saltarse el tiempo. Las apuestas prometen emoción sin proceso. Muchas plataformas prometen pertenencia sin compromiso, visibilidad sin trayectoria, reconocimiento sin espera. La escuela, en este contexto, puede enseñar otra temporalidad: la del esfuerzo que no se ve enseguida, la del aprendizaje que tarda, la del vínculo que se construye, la del error que puede revisarse, la del deseo que no necesita resolverse en el acto.

Esa demora no es romanticismo escolar, es más bien una forma de cuidado. En una época de ansiedad, sufrimiento y baja tolerancia a la espera, defender tiempos más largos permite ensayar otra relación con el deseo, con el fracaso, con la palabra y con los otros. Quizás por eso la escuela incomoda tanto: porque todavía puede recordarnos que no todo lo valioso aparece como resultado inmediato.

Pensar no aparece solo

Durante años se instaló una fantasía peligrosa: que acceder a internet alcanzaba para aprender, investigar y pensar críticamente. Bastaba con tener conexión, un dispositivo y curiosidad. Después, supuestamente, el mundo digital se encargaría del resto. La experiencia escolar mostró los límites de esa promesa. Nadie aprende a pensar en el vacío. El criterio se forma con transmisión cultural, lectura, conversación, saberes sólidos y docentes capaces de ayudar a mirar más lejos.

Para ser críticos frente a un algoritmo, primero hay que conocer algo de historia, lenguaje, ciencia, economía, literatura, poder y cultura. Sin esos marcos, la crítica queda reducida a opinión espontánea, reacción moral o sospecha permanente. Pensar críticamente exige tiempo, didáctica y límites ante el disenso legítimo. Hace falta argumentar, justificar, contrastar fuentes, revisar premisas y distinguir una ocurrencia de una idea.

Pensar críticamente exige tiempo, didáctica y límites ante el disenso legítimo.

Conversar en la escuela tampoco consiste en “dejar que hablen” y esperar que algo se ordene solo. Conversar exige producir condiciones como la confianza, las reglas, con adultos disponibles que habiliten preguntas bien formuladas, escenas cuidadas y límites cuando aparece el daño. Chicos y chicas necesitan espacios donde puedan nombrar lo que les pasa, reconocer consecuencias, escuchar a otros y volver a distinguir entre ficción, juego, identidad, humillación, apuesta, riesgo y daño real. Esa conversación se enseña, se practica y se sostiene incluso cuando incomoda.

La didáctica de la pobreza

Hay un punto que conviene decir sin vueltas, tal como lo plantea Vipi Postay. Pedirle que la escuela regule celulares sin inversión fuerte es trasladar el problema a docentes y directivos. La regulación puede ser necesaria; hay momentos donde guardar el celular ayuda, usos que interrumpen y prácticas que dañan. Pero cuando esa regulación llega sin recursos, sin formación, sin equipos, sin materiales y sin tiempo institucional, se convierte en una forma elegante de abandono.

El celular muchas veces aparece donde faltan otras cosas, como libros actualizados, computadoras, software educativo, bibliotecas vivas, laboratorios, juegos, conectividad estable, espacios de escucha, equipos de orientación y condiciones reales para enseñar. En esos contextos, el debate sobre pantallas queda atrapado entre dos malas opciones. Por un lado, dejar entrar el celular como recurso precario; por el otro, prohibirlo sin ofrecer alternativas materiales de calidad.

Por eso la discusión sobre tecnología escolar también es una discusión sobre plata. “Mucha plata. Plata pública, sostenida, bien invertida”, como afirma Postay. Sin esa dimensión, el debate se vuelve moralizante, porque  le pide a la escuela que sea creativa, cuidadosa, contemporánea, crítica y ordenada, mientras le niega las condiciones mínimas para hacerlo. Regular usos digitales puede formar parte de una política educativa. Descargar la responsabilidad sobre escuelas empobrecidas reproduce desigualdad.

Resistir también es cuidar

La escuela no puede limitarse a adaptarse a la época como si toda novedad tecnológica marcara automáticamente el camino. También tiene que resistir. Resistir, en este caso, quiere decir construir un espacio y un tiempo donde la inmediatez no sea la única medida de valor; donde el error pueda elaborarse sin convertirse en humillación; donde la frustración tenga palabra; donde estudiar vuelva a conectarse con una idea posible de futuro.

Esa resistencia no nace de la nostalgia, sino de una responsabilidad cultural. Frente a plataformas que aceleran, capturan y monetizan la atención, la escuela puede ofrecer presencia adulta, reglas, cuidado, transmisión y mundo común. Frente a la plata fácil, puede mostrar que hay procesos que valen porque toman tiempo. Frente al influencer que promete salida individual, puede sostener experiencias compartidas donde nadie tenga que inventarse solo.

Tal vez esa sea una de sus tareas más urgentes: disputar sentido allí donde el mercado ofrece recompensa. No alcanza con decirles a los chicos y chicas que no apuesten, que no crean todo, que no se comparen, que no se dejen capturar. Hace falta construir escenas donde otras formas de reconocimiento, pertenencia y futuro se vuelvan posibles.

La plata fácil llega rápido. La escuela llega todos los días.

Y en esa insistencia lenta, agotada, imperfecta, todavía puede pasar algo.

 

Un resumen de este texto fue publicado en Instagram el 22 de junio de 2026
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