
La escuela como interrupción
A partir de las ideas de Jan Masschelein
La escuela no prepara para la vida, la suspende. Y en esa pausa, la transforma. Reflexiones a partir de su pensamiento pedagógico en Defensa de la escuela. Una cuestión pública
Estudiar no es prepararse para la sociedad
Muchas veces se piensa la escuela como una preparación para el futuro: un lugar donde adquirir habilidades para la vida adulta. Jan Masschelein propone otra mirada. Estudiar no significa prepararse para la sociedad, sino suspender por un momento su lógica.
La escuela crea un paréntesis: un tiempo separado del origen, del destino, de la utilidad inmediata. Un espacio donde las cosas pueden pensarse de otro modo. No es una rampa hacia el mundo adulto. Es una interrupción que permite que algo nuevo aparezca.
Cuando las cosas cambian de sentido
Dentro de la escuela, los objetos cotidianos pierden su función habitual. Un mapa ya no sirve para llegar a un lugar. Un texto no se lee sólo para obtener información. Incluso algo tan simple como una receta o unas galletas pueden convertirse en objeto de estudio.
Las cosas se separan de su uso inmediato y se vuelven materia para el pensamiento. Estudiar consiste precisamente en eso: suspender la utilidad y abrir un tiempo para mirar, preguntar y comprender.
La atención como forma de vínculo
Para Masschelein, estudiar tiene que ver con la atención. Pero no con la concentración productiva que exige eficiencia. La atención escolar es otra cosa: es detenerse, mirar con cuidado, demorarse frente a algo hasta que empiece a decir algo nuevo.
Esto implica hacer lugar a otra relación con el mundo. Un vínculo que se construye cuando algo nos convoca lo suficiente como para quedarnos con ello un rato más. La escuela no forma para la productividad, forma para el asombro.
La escuela como invención
La escuela es un artificio. No es algo natural ni inevitable. Es una invención histórica, como la democracia, las bibliotecas o internet. Un dispositivo social que crea condiciones particulares para aprender.
En ese espacio se sostiene una idea radical: que no existe una relación predestinada entre quién sos y lo que podés conocer. La escuela sostiene que cualquiera puede aprender cualquier cosa.
Compartir el mundo
Enseñar no consiste en formar personas ideales ni en producir ciudadanos y ciudadanas perfectamente adaptadas. Para Masschelein, enseñar significa compartir el mundo. Las y los docentes ponen a disposición saberes, materias, problemas y preguntas que no les pertenecen. Los ofrecen como algo que vale la pena mirar juntos.
Dar clase es abrir tiempo, espacio y compañía para estudiar algo que todavía no sabemos qué nos hará pensar.
¿Para qué futuro educamos?
La pregunta por el futuro siempre atraviesa a la educación, pero Masschelein invita a pensarla de otro modo: tal vez la escuela no exista para entrenar a las personas para un mundo que ya está definido, sino para abrir la posibilidad de imaginarlo de otra manera.
Educar no es acelerar la adaptación al presente, es crear un espacio donde lo común pueda ponerse en juego. Un lugar donde aprender a mirar el mundo sin pedirle rendimiento inmediato. Y en esa pausa, tal vez, empezar a transformarlo.
Publicado en Instagram el 23 de julio de 2025
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