
¿El celular es un cuchillo o una lapicera?
A partir de ideas y aportes de Sonia Livingstone.
Notas de una investigadora
Durante años, la conversación sobre infancias, jóvenes y tecnología quedó encerrada en una pregunta acotada: ¿Cuánto tiempo pasan frente a una pantalla?
La pregunta parece útil, porque ordena y permite contar, comparar, medir y poner límites. También porque tranquiliza, convirtiendo un problema enorme en un número concreto: a X cantidad de horas, tenemos un problema, por tanto necesitamos tomar medidas. ¿Las más frecuentes? Prohibir las redes o bien sacar los dispositivos móviles fuera de las aulas.
Pero cada vez que entramos a una escuela, esa pregunta y esas decisiones quedan cortas.
Una docente nos cuenta que el celular interrumpe la clase. Otra dice que lo usa para trabajar con mapas, imágenes, traducciones, música, calendarios, plataformas educativas. Una preceptora dice que el conflicto empieza en WhatsApp y estalla en el recreo. Una familia pide que la escuela prohíba todo. Un estudiante dice que el celular es el único lugar donde puede pedir ayuda sin que toda la clase se entere.
Todo ocurre en el mismo objeto.
Ahí aparece la imagen que propone la investigadora de la London School of Economics (LSE) Sonia Livingstone: ¿el celular entra a la escuela como un cuchillo o como una lapicera? Una provocación para poder mover la discusión y el pensamiento crítico alrededor de los ecosistemas digitales entre los cuáles vivimos.
Un cuchillo entra como peligro. Una lapicera entra como herramienta, aunque también pueda servir para distraerse, molestar o escribir algo hiriente, dice Livingstone en “El caso contra la prohibición de los celulares en las escuelas”. Los dispositivos móviles condensan funciones opuestas: pueden enseñar, acompañar, interrumpir, exponer, conectar, aislar o dañar. Por eso exige una palabra más precisa: ambivalencia.
Hacer foco
La discusión se empobrece cuando todo queda bajo una sola palabra: celular. Hay al menos cuatro capas distintas: los dispositivos que entran al aula; las prácticas escolares de uso y convivencia; las necesidades reales de chicos y chicas; las plataformas diseñadas para capturar atención, datos y permanencia. Cuando confundimos esas capas, producimos políticas frágiles.
Una cosa es guardar el celular durante ciertos momentos de clase. Otra es prohibir toda experiencia digital dentro de la escuela. Una cosa es cuidar la atención común. Otra es expulsar del aula una tecnología que ya organiza tareas, vínculos, conflictos, aprendizajes y pedidos de ayuda. Una cosa es regular el dispositivo escolar. Otra es desentenderse de las plataformas que modelan la experiencia.
Lo que en Faro venimos sosteniendo hace tiempo, esto es, la introducción de las plataformas digitales como objeto de estudio en las aulas, aparece como una estrategia situada que permite a las instituciones educativas intervenir de manera pedagógica ante el problema epocal de convivir con y entre territorios sociotécnicos.
La investigadora británica observa que las consignas de prohibición parecen simples, a priori, pero en la práctica, su implementación nunca lo es. Para chicos y chicas, el celular puede ser aula digital, tarea, mapa, agenda, reloj, música para concentrarse, pedido de ayuda o refugio ante la soledad. Por supuesto que también pueden ser presión, burla, interrupción, circulación de imágenes, captura de atención, conflicto o violencia (como solemos pensar).
La misma tecnología cambia según la situación, la edad, la escuela, el acompañamiento y las plataformas que organizan la experiencia.
Los bordes de la prohibición
Livingstone reconoce algo que cualquier escuela sabe: los celulares pueden interrumpir clases, desplazar tiempo docente y habilitar conflictos. Nadie que trabaje con escuelas necesita que le expliquen eso.
Las preguntas empiezan después.
¿Qué hacemos con esa evidencia cotidiana?
¿Qué clase de política construimos a partir de esa incomodidad?
¿Qué queda afuera cuando la respuesta llega demasiado rápido?
Prohibir puede ordenar una escena, puede bajar el ruido, puede devolver cierta concentración…y en muchos momentos puede hasta ser necesario. Pero una escuela no solo administra objetos. También enseña a vivir con aquello que organiza el mundo. Y hoy buena parte del mundo social, afectivo, informativo y cultural de chicos y chicas ocurre entre tecnologías digitales.
Guardar el celular durante una clase puede ser una decisión pedagógica. Convertir la prohibición en horizonte educativo empobrece el problema. Porque el celular vuelve: en la salida, en el grupo de WhatsApp, en casa, en el cumpleaños, en la noche, cuando alguien necesita hablar, cuando alguien comparte una imagen sin permiso, cuando una plataforma empuja un contenido, una comparación, una promesa o una agresión.
La escuela puede sacar el dispositivo de la mesa, pero la cultura digital sigue ahí.
Lo que la pantalla tapa
El pánico moral con las tecnologías tiene una ventaja: ofrece un enemigo visible. Se puede señalar, regular, guardar en una caja, prohibir en una resolución. El problema es todo lo que esa imagen deja afuera.
La falta de tiempo adulto.
La desigualdad entre escuelas.
La soledad de muchos chicos y chicas.
La dificultad para construir acuerdos.
La presión por rendir siempre.
Las plataformas que compiten por atención.
La ausencia de políticas públicas sostenidas.
La idea de que cuidar equivale a sacar de circulación.
La pantalla aparece como causa total de malestares que también son sociales, culturales, económicos, familiares y educativos. Y entonces la promesa se vuelve tentadora: si quitamos el celular, recuperamos la infancia, la atención, el vínculo, la autoridad, la escuela.
La experiencia escolar dice otra cosa. Sacar el dispositivo puede ayudar en ciertas situaciones. También puede dejar sin trabajar las condiciones que hicieron del dispositivo un refugio, un conflicto, una prótesis, una distracción o una salida.
Preguntas finales
La propuesta de Livingstone exige políticas situadas, escucha, evidencia y responsabilidad adulta. Por supuesto que no es simple, que no alcanzan los recursos escolares, ni los salarios docentes, ni los procesos de atomización social y de violencia que estamos viviendo ayudan. Pero las escuelas siguen siendo las instituciones sociales en donde nos encontramos con las otras personas, con la diferencia; donde salimos de la individualidad, con el complejo desafío de construir o reparar lo común.
Guardar el celular durante ciertos momentos puede ser necesario. Diseñar excepciones también. Regular plataformas resulta urgente. Formar docentes importa. Acompañar a las familias también. Escuchar a chicos y chicas cambia la calidad de cualquier decisión.
Cuidar en digital exige distinguir cuándo el celular funciona como herramienta, cuándo como refugio, cuándo como distracción y cuándo como riesgo.
La pregunta por el cuchillo o la lapicera queda abierta porque el celular nunca entra solo al aula. Entra con una cultura, con una industria, con una familia, con una escuela, con una época.
También entra con nuestra dificultad adulta para decidir sin miedo.
La pregunta, entonces, no termina en el objeto.
Termina en nosotras y nosotros.
Qué escuela queremos construir cuando el celular está.
Qué escuela queremos construir cuando el celular se guarda.
Qué adultas y adultos vamos a ser cuando la tecnología vuelva a aparecer por la puerta que acabamos de cerrar.
Publicado en Instagram el 2 de julio de 2026
Mirá la publicación original para leer el intercambio que se generó en la comunidad de Faro.
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