Docentes pobres, escuelas rotas

A partir del poema viral de Paola Li Volti

 

Hay una pregunta que atraviesa el texto de Paola Li Volti y queda doliendo: ¿Cuándo empezó a doler enseñar? No aparece como una queja individual ni como un descargo pasajero. Aparece como síntoma de algo más grande. La docente de Mar del Plata cuenta que cuatro amigas dejaron la profesión en lo que va del año. Mientras tanto, buena parte de la conversación pública sigue buscando culpables rápidos entre estudiantes, familias o profesores. El poema corre esa comodidad y muestra una escena más profunda: docentes agotados, escuelas desbordadas y una sociedad que le pide al aula que sostenga lo que se rompe en todas partes.

Una de las frases más duras del texto apunta al trabajo invisible. Enseñar nunca fue solamente estar frente a un curso. Hay planificación, correcciones, reuniones, escucha, preparación, adaptación, preocupación por estudiantes que llegan mal, horas que nadie ve y que muchas veces nadie paga. Sin embargo, todavía circula la idea del docente que “trabaja poco”, como si la escuela terminara cuando suena el timbre. Esa mirada no solo desconoce el oficio: también contribuye a su desgaste. Cuando una profesión es mal paga, maltratada y deslegitimada, la salida empieza a parecer una forma de supervivencia.

El corazón del poema está en las y los estudiantes

Chicos y chicas que llegan con miedo, angustia, peleas familiares, insomnio, hambre, violencia, soledad o necesidad de ser escuchados. La escuela recibe todo eso, aunque no siempre tenga herramientas para alojarlo. Y ahí se produce una escena cada vez más común: docentes intentando cuidar situaciones para las que nadie los preparó, mientras también atraviesan cansancio, precariedad y tristeza. Paola no habla de falta de vocación, habla de una vocación exprimida hasta el límite.

El cierre del poema es devastador porque muestra la dimensión material del problema: un amigo docente vende chipá porque no llega a fin de mes y probablemente deje el trabajo. Esa imagen explica más que cualquier estadística. Una sociedad que necesita docentes, pero no les garantiza condiciones dignas, está dejando morir algo más que una profesión. Está dejando morir la posibilidad de que la escuela sea un lugar de transmisión, cuidado y futuro.

Por eso el texto pega tan fuerte. Porque no habla solo de docentes pobres ni de escuelas rotas. Habla de un sistema entero que se acostumbró a pedirle a la escuela que repare el daño social sin darle tiempo, plata, salud, equipos ni reconocimiento. Y cuando todo falla, cuando la violencia entra al aula, cuando un pibe se quiebra, cuando una docente se va, todavía preguntamos qué pasó.

Pasó que durante demasiado tiempo seguimos llamando vocación a lo que también necesita salario, política pública y cuidado.

 

El poema completo de Paola Li Volti

Hoy otra amiga dejó la docencia.
Van cuatro
y recién es abril.

El noticiero no sabe cómo encararlo.
No saben si el problema son los chicos
o los padres
o los profes
pero nunca la política
ni la salud mental
ni el corazón
que nos duele a todos por igual.

El hambre no les duele a todos
de la misma manera
algunos fingen
la experiencia panza vacía
para jugar a eso de la empatía
y alcanzar una urna
un poco más.

Pronto empieza mayo
dos feriados.
Desde cuándo
me la paso contando feriados
me pregunto otra vez.
Cuándo me convertí
en la profe que tiene charlas profundas
cada dos clases
para que entiendan
el esfuerzo
que nos resulta ejercer.

Quizá sea
que me estoy haciendo adicta
a los comentarios de instagram.

Ayer vi un reportaje.
Un profe de sociología de la universidad
contaba
con todos los nudos posibles
en una misma garganta
que su sueldo está
por debajo
de la línea
de la pobreza.

Y me dediqué a leer a los Rubenes
los Jorges
las Martas
que dicen que el tipo este
que trabaja 20 horas cátedra
es un vago
y a mí no me dan los dedos
para intentar explicar
que por cada hora cátedra
hay otra hora de planificación,
evaluación,
etcétera
y que el sistema no te deja tomar más
y que entonces el profe en realidad
trabaja cuarenta
pero cobra
como si trabajara diez.

Y al final alguien me responde
para qué estudian carreras que no dan plata
y que no sirven para nada.
Y entonces llego a la escuela:
profe me peleé con mi mamá,
profe podemos hablar,
me dijo mi amiga que vos la ayudaste,
profe te acordás de lo que te conté,
profe tengo que decirte algo importante.
Profe me hicieron, me dijeron, me dejaron,
me parece,
profe yo tampoco puedo,
no logro dormir,
le tengo miedo al futuro y al presente,
qué hago
dame un consejo
profe
porfa
profe.
¿Me escuchás?

Cómo les explico que mi amiga
que es terrible capa
no puede dedicarles más el abrazo
la contención
la mirada
porque si sigue con eso
no puede comer.
Y que tiene miedo.
Y tristeza
y hartazgo
y el autoestima por el suelo
de tanto laburo mal pago
y tanta exigencia sin reconocer.

Cómo le explico a una sociedad tan rota
que un pibe siente la necesidad de caer
con un arma a la escuela
porque todo falló
todos fallamos.
Y que la bajada es pedirle por favor
que no apriete el gatillo
mientras apunta a todo lo que siempre lo apuntó a él.
PEDIRLE QUE SAQUE EL DEDO DEL GATILLO
dice el documento oficial
de la subsecretaría de educación.
A un pibe que sufrió tanta violencia del sistema.
A un docente pisoteado
por todos los sistemas.
A un sistema violentado
por el mismo sistema
porque quién mierda es el sistema.

Fin de abril
y yo le compro una docena de chipá
a mi amigo docente emprendedor
que en mayo probablemente
deje la docencia.

Mientras las Martas y los Jorges
dicen que se joda
y nosotros lloramos
todos los sueños
que vemos morir
otro
mes
más.

 

 

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