
Vivir en “modo selfie”
A partir de las ideas de Ingrid Sarchman
En la era digital nos constituimos en, por y para las pantallas. ¿Lo reconocemos o lo negamos con culpa? Reflexiones a partir de la conversación entre Ingrid Sarchman y Nicolás Mavrakis en Mirando Castillos.
¿Qué vemos cuando nos vemos?
La selfie parece algo simple: una foto que uno se toma a sí mismo. Una práctica cotidiana, casi automática. Pero Ingrid Sarchman invita a mirarla de otro modo.
La selfie no es sólo un autorretrato, es una imagen en espejo, una foto invertida donde lo que vemos no coincide exactamente con cómo somos vistos. Ese pequeño detalle técnico abre una pregunta más profunda: ¿qué vemos cuando nos vemos?, ¿qué dice esa imagen sobre nosotros?
Para Sarchman, la selfie expresa algo más que una imagen. Es el deseo de tener noticias de nosotros mismos. Una forma de preguntarnos quiénes somos a través de la mirada de otros.
Una imagen que ya nace distorsionada
La paradoja es que esa búsqueda de nosotros mismos ocurre a través de una imagen que, desde el inicio, está distorsionada. La selfie nunca es un registro neutral, es una imagen filtrada, editada, elegida entre muchas otras, encuadrada de cierto modo y acompañada por palabras que la explican o la resignifican. La tecnología nos permite repetir la escena tantas veces como queramos: sacar veinte fotos, elegir una, corregirla, retocarla, diseñarla. Lo que aparece en pantalla no es simplemente lo que somos, sino lo que decidimos mostrar.
La selfie como ofrenda
Por eso Sarchman propone pensar la selfie como un proceso de comunicación. La imagen no termina cuando se toma la foto. Se completa cuando es publicada y recibida. No es sólo una foto: es una foto que se ofrece. Cada selfie espera algo: una reacción, un comentario, un reconocimiento. Cuando alguien comparte su imagen, lo hace suponiendo —o esperando— que habrá alguien del otro lado que la reciba. La selfie tiene así una función social: no se trata sólo de mostrarse, sino de ser vistos.
Mirarse dentro de la escena
En fenómenos como el “turismo de selfies” esta lógica se vuelve evidente. El fondo importa, pero no tanto como el hecho de estar dentro de él. El monumento, el paisaje o la ciudad funcionan como escenario donde uno se incluye. La selfie consiste en mirarse dentro de la situación. Incluirse en el contexto (y en primer plano). Convertir la experiencia en una imagen donde uno mismo forma parte del relato.
Pero las pantallas no sólo nos muestran a nosotros. También producen retratos sobre nosotros. Cuando Netflix, Spotify o TikTok recomiendan contenidos —“esto es para vos”, “quizás te interese”, “97% de coincidencia”— están dibujando un perfil. Un retrato hecho de datos, hábitos y elecciones.
Las plataformas construyen una versión de quiénes somos a partir de lo que miramos, escuchamos o consumimos. Esas imágenes algorítmicas (las selfies que nos muestran las plataformas) también influyen en lo que terminamos viendo. ¿Somos eso? ¿Consumidores perfilados a partir de patrones estadísticos?
En ese sentido, la selfie no es solamente una cara en una foto, es parte de una subjetividad digital más amplia. Nuestra identidad se construye también a través de las formas en que usamos las plataformas, de las imágenes que producimos y de los contenidos que las pantallas nos devuelven. Las redes funcionan como espejos donde las personas se muestran, se miran y se narran a sí mismas.
Reconocer quiénes somos en la era digital
Sin embargo, dice Sarchman, existe una paradoja: aunque vivimos cada vez más en entornos digitales, muchas veces nos resistimos a reconocerlo. Persisten discursos que oponen lo humano y lo virtual, como si lo digital fuera algo externo a nosotros. Esa negación produce una especie de incomodidad o culpa: sabemos que nuestras vidas pasan por las pantallas, pero preferimos pensar que no es así.
Tal vez el desafío sea asumir que ya somos, en algún sentido, seres humano-digitales. Miramos la pantalla para saber qué pasa en el mundo, pero también para saber quiénes somos. Nos mostramos, nos narramos, nos interpretamos en ese espacio. Negarlo no cambia la realidad. Lo que cambia las cosas es comprender cómo esas tecnologías participan en la construcción de nuestras identidades y nuestras relaciones.
Publicado en Instagram el 29 de abril de 2025
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