Todas las inteligencias son iguales

A partir de las ideas de Graciela Frigerio

No es una utopía. Es una decisión pedagógica y política: confiar en que todas las personas pueden aprender. Reflexiones a partir del artículo “Las inteligencias son iguales” de Graciela Frigerio. 

La inteligencia no se mide, se presupone

En la escuela moderna, la inteligencia suele tratarse como algo que hay que medir. Test, evaluaciones, diagnósticos y etiquetas parecen decirnos quién puede aprender y quién no. Graciela Frigerio propone invertir esa lógica. La inteligencia no se descubre: se presupone.

Cuando un sistema educativo se dedica a clasificar capacidades, en realidad no está midiendo habilidades, está asignando destinos. Y al hacerlo, muchas veces reproduce las mismas desigualdades que dice querer combatir.

Reconocer que las personas son diferentes no significa jerarquizarlas. Las singularidades existen y son valiosas, pero no deberían convertirse en excusas para repartir menos oportunidades. Cuando la escuela organiza su oferta según “perfiles” o expectativas reducidas, lo que hace es achicar el horizonte de lo posible. El problema no es la diferencia. El problema es lo que hacemos con ella.

Enseñar es emancipar

Para Frigerio, enseñar no consiste en explicar todo ni en controlar cada paso del aprendizaje. Un docente que confía en la inteligencia de sus estudiantes produce movimiento. No necesita tener todas las respuestas: alcanza con no confirmar las profecías del fracaso. Educar implica abrir posibilidades. Emancipar es invitar a pensar, incluso cuando el futuro no está claro.

La igualdad como punto de partida

Muchas veces se habla de la igualdad como una meta a alcanzar. Frigerio propone pensarla de otro modo. La igualdad no es un resultado al final del proceso educativo: es el punto de partida. No hay que esperar a que chicos, chicas y jóvenes “demuestren” que son capaces. Son capaces desde el principio, aunque no siempre en el lenguaje o en las formas que la escuela espera.

Si todas las inteligencias son iguales, la educación tiene una tarea profundamente política: distribuir el mundo del saber como una herencia común. Lo común no es algo que ya está dado, sino algo que se construye. Y sólo puede construirse cuando la escuela decide creer en la inteligencia de todos y todas. Un docente emancipador no pregunta cuánto sabe alguien, sino qué puede hacer con su deseo de saber.

Contra lo inevitable

En contextos donde las desigualdades parecen inevitables, enseñar se vuelve un acto político. Educar no consiste en adaptarse a lo que falta, sino en sostener la convicción de que cualquiera puede aprender. La igualdad no es una promesa futura ni una utopía abstracta, es una decisión pedagógica en el presente.

Creer en la inteligencia de la otra persona es, en definitiva, un gesto radical de confianza en lo común.

 

Publicado en Instagram el 14 de julio de 2025
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