¿Qué hacer con los celulares en la escuela?

Acuerdos institucionales, cuidado pedagógico y tecnologías digitales como objeto de estudio

Cada cierto tiempo la escena vuelve: un video grabado en el aula sin consentimiento, un conflicto entre pares que empieza en redes y sigue en el recreo, una discusión por el uso del celular durante los recreos, una familia que pide prohibiciones más duras, un equipo docente que siente que ya no puede sostener la atención del grupo. Entonces aparece la pregunta, casi siempre formulada en términos urgentes: ¿qué hacemos con los celulares en la escuela?

La tentación de responder rápido es grande: prohibir todo, permitir sin restricciones, retirar dispositivos, pedir que los guarden, habilitarlos solo para fines pedagógicos, etc. Cada una de estas decisiones puede tener sentido en determinados contextos. El problema aparece cuando se las toma como solución mágica. Porque el celular, en sí mismo, no explica nada. Es apenas la puerta de entrada a una cuestión más profunda: la ecología de medios y tecnologías digitales entre las cuales vivimos como sociedad; y el posterior desafío sobre cómo construimos convivencia, autoridad pedagógica y criterios compartidos en un mundo donde lo digital ya no es un afuera de la escuela, sino una dimensión constitutiva de la vida social.

Por eso, la pregunta no debería ser solo qué hacemos con los celulares, sino qué tipo de experiencia escolar queremos sostener cuando los celulares ya forman parte de la vida cotidiana de estudiantes, docentes y familias.

Ni fetichismo ni pánico

El discurso social del mundo adulto respecto a las tecnologías y pantallas digitales osciló como un péndulo en muy poco tiempo. Primero, el fetichismo tecnológico: la idea de que incorporar pantallas moderniza la escuela por sí sola. En la actualidad, el pánico moral: la idea de que los celulares o las redes sociales son el origen de todos los problemas contemporáneos, desde la dispersión hasta la violencia. Entre una posición y otra, entre integrados y apocalípticos de la tecnología muchas instituciones quedaron solas, obligadas a improvisar decisiones urgentes frente a problemas complejos.

Ni la fascinación ni la demonización ayudan demasiado, toda institución escolar sabe que lo que hace falta es una mirada pedagógica e institucional. Porque el desafío no es “ganarle” al celular, ni simular que puede desaparecer. El desafío es producir mediaciones. Darle forma colectiva a una convivencia que hoy aparece desordenada, fragmentada y muchas veces capturada por la lógica de la reacción inmediata. La escuela no puede limitarse a regular artefactos. Tiene que enseñar a vivir con tecnologías. Y eso implica mucho más que administrar permisos.

Porque el desafío no es “ganarle” al celular, ni simular que puede desaparecer. El desafío es producir mediaciones.

Los acuerdos institucionales no son una circular

Cuando una escuela se pregunta por el uso de celulares, suele buscar un reglamento. Pero un acuerdo institucional no debería ser solo una lista de prohibiciones o autorizaciones. Tampoco una circular que baja lineamientos sin elaboración colectiva, es decir, sin incorporar las voces y percepciones de la comunidad (y en especial de niños, niñas y jóvenes). Un acuerdo real necesita otra cosa: conversación, diagnóstico, criterios pedagógicos y legitimidad.

Eso supone, primero, abandonar la fantasía de la norma perfecta. No existe un protocolo que resuelva por sí solo los conflictos vinculares, las tensiones de autoridad o los usos problemáticos de las tecnologías digitales. Lo que sí puede existir es un marco compartido que ordene la vida escolar, reduzca arbitrariedades y brinde previsibilidad.

En tiempos de arquitecturas digitales que proponen aceleración, la escuela se constituye en el espacio posible y necesario para reconstruir criterio cronológico. Reflexionar de manera situada, atendiendo a los procesos y las edades, volviendo a pasar por preguntas históricas, incorporando nuevas categorías: ¿A qué edad cada dispositivo? ¿A qué edad cada plataforma? ¿A qué edad cada contenido?

No existe un protocolo que resuelva por sí solo los conflictos vinculares, las tensiones de autoridad o los usos problemáticos de las tecnologías digitales. Lo que sí puede existir es un marco compartido que ordene la vida escolar, reduzca arbitrariedades y brinde previsibilidad.

Un buen acuerdo institucional sobre celulares debería poder responder, al menos, algunas preguntas básicas: ¿para qué se regula?, ¿qué se busca cuidar?, ¿qué tiempos y espacios requieren mayor resguardo?, ¿qué usos pedagógicos se habilitan?, ¿cómo se interviene ante transgresiones?, ¿qué papel tienen las familias?, ¿qué lugar ocupa la voz de los y las estudiantes?

La clave no está solo en definir restricciones, sino en explicitar sentidos. No alcanza con decir “en esta escuela no se usa el celular en clase”. Hace falta poder decir también por qué: porque queremos cuidar la atención compartida, porque necesitamos sostener espacios de escucha, porque hay momentos en que el estudio requiere suspensión de la conexión permanente, porque la vida común necesita bordes, porque necesitamos un tiempo sin pantallas para pensar qué (nos) pasa entre pantallas.

Los acuerdos funcionan mejor cuando no se presentan como castigo ni como gesto nostálgico contra el presente, sino como condiciones para hacer posible la experiencia escolar. Es decir: no como una guerra contra los dispositivos, sino como una forma de cuidar tiempos, vínculos y procesos de aprendizaje.

La clave no está solo en definir restricciones, sino en explicitar sentidos. No alcanza con decir “en esta escuela no se usa el celular en clase”. Hace falta poder decir también por qué

Cuidar no es vigilar

En este punto conviene hacer una diferencia importante. Muchas veces se confunde cuidado con control. Pero no son lo mismo. Cuidar no es multiplicar sanciones, revisar chats ni convertir a la escuela en una aduana tecnológica. Cuidar es producir orientación, sostener límites comprensibles y habilitar conversaciones que no queden reducidas al momento del conflicto.

Eso vale especialmente para niños, niñas y jóvenes, que crecen en un entorno donde las plataformas disputan su atención, organizan su sociabilidad y empiezan a moldear sus deseos, subjetividades y sentidos. Pretender que todo eso se resuelva con una prohibición puede dar tranquilidad momentánea a los adultos, pero difícilmente prepare a las nuevas generaciones para convivir con tecnologías que no van a desaparecer.

Cuidar es producir orientación, sostener límites comprensibles y habilitar conversaciones que no queden reducidas al momento del conflicto.

La escuela no tiene que elegir entre ingenuidad y vigilancia. Puede construir una tercera posición: acompañar. Y acompañar implica enseñar criterios, poner palabras, ofrecer marcos, habilitar preguntas, intervenir cuando algo daña y reconocer que lo digital también forma parte de los problemas públicos y comunes de nuestro tiempo.

Las tecnologías digitales como objeto de estudio

Ahí aparece una decisión pedagógica central: dejar de pensar las tecnologías digitales solo como herramientas y empezar a tratarlas también como objeto de estudio, como territorios que pueden ser sujetos a investigación, análisis y conversación en las aulas.

Esto cambia mucho. Porque cuando las tecnologías digitales entran a la escuela solo como recurso didáctico, la discusión suele quedar atrapada en su utilidad: si motivan, si agilizan, si facilitan actividades. En cambio, cuando se convierten en objeto de estudio, la pregunta pasa a ser otra: ¿qué hacen estas tecnologías con nuestra atención, con nuestros vínculos, con la circulación de información, con el tiempo, con el cuerpo, con la autoestima, con el conflicto, con el sentido de realidad?

Estudiar las tecnologías no requiere necesariamente una materia nueva. Requiere una decisión institucional y transversal. Se pueden analizar los vínculos con las notificaciones en una tutoría, las tendencias o cadenas virales en Lengua, los sesgos algorítmicos en Ciencias sociales, la economía de plataformas en Historia, las apuestas online o mecanismos de “plata fácil” en Matemática, o bien los diversos usos de IA en proyectos de escritura o investigación. Lo importante es que dejen de aparecer solo cuando “traen problemas” y empiecen a ser pensadas como parte del mundo que la escuela tiene la responsabilidad de transmitir e interrogar.

Porque no se puede cuidar lo que no se conoce. Y tampoco se puede regular bien aquello que nunca se volvió visible ni pensable.

Del conflicto a la política institucional

Una dificultad frecuente es que las escuelas llegan a este debate empujadas por la urgencia. Un episodio grave, una denuncia, una exposición pública. Entonces se responde desde la coyuntura. Pero el trabajo serio con tecnologías digitales no debería nacer solo del incendio. Necesita de una política institucional anticipatoria, en medio de la aceleración técnica contemporánea.

Eso implica asumir que los acuerdos requieren revisión periódica, espacios de formación docente, instancias de intercambio con familias y participación estudiantil. También implica aceptar que no todas las escuelas parten del mismo lugar: hay diferencias de nivel, contexto, trayectoria institucional y recursos disponibles. Por eso, copiar reglamentos ajenos rara vez funciona. Los acuerdos necesitan estar situados.

Y ahí aparece algo que muchas veces queda invisibilizado: las instituciones no tendrían por qué resolver solas un problema tan complejo. Construir criterios compartidos sobre celulares, convivencia digital, inteligencia artificial, cuidados y salud mental no es simplemente redactar una norma. Es un trabajo de lectura institucional, traducción pedagógica y acompañamiento sostenido.

Las instituciones no tendrían por qué resolver solas un problema tan complejo

Cuando ese proceso se hace de manera correcta y responsable, cambia el clima de la conversación. La escuela deja de correr detrás del último conflicto y empieza a producir una posición autónoma. Una posición que no niega los problemas, pero tampoco se entrega a respuestas simplistas.

Una pregunta menos instantánea (y más convexa -hacia afuera-)

Quizás entonces la pregunta inicial —qué hacer con los celulares en la escuela— necesite volverse un poco menos instantánea y más fértil. No para postergar decisiones, sino para tomarlas con mayor profundidad y de manera situada.

No se trata solo de definir si entran o no entran al aula. Se trata de pensar qué se cuida cuando se regula, qué se enseña cuando se acompaña y qué mundo común queremos sostener en tiempos de hiperconexión. Y ese pacto no puede nacer solo desde las direcciones o equipos de gestión, sino que tiene que tener presente en su gestación y diseño a estudiantes (niños, niñas y jóvenes) y sus familias (adultos, cuidadores).

Los celulares condensan una discusión más amplia sobre autoridad, atención, convivencia, cuidados e infancia en la era digital. Reducirla a una batalla contra los aparatos sería perder la oportunidad pedagógica. La escuela sigue siendo uno de los pocos espacios donde estas cuestiones pueden volverse tema común, conversación compartida y objeto de estudio.

Y para eso hacen falta algo más que buenas intenciones: hacen falta tiempo, escucha, herramientas y marcos de trabajo. Porque en un contexto atravesado por plataformas, algoritmos e inteligencias artificiales, cuidar la experiencia escolar ya no consiste en aislar a la escuela del mundo digital, sino en darle formas más conscientes, justas y habitables a la convivencia con esas tecnologías.

 

Si llegaste hasta acá y te interesa que tu escuela pase de la urgencia a la construcción de acuerdos situados, queremos acompañar ese proceso. Sabemos que el celular en el aula es un desafío complejo que no se resuelve en soledad. En Faro Digital acompañamos a las escuelas en el diseño de acuerdos institucionales y criterios de convivencia digital. Hacé clic acá para conocer nuestras propuestas y comunicarnos tus consultas.