La religión tecnológica

La técnica ya no promete progreso, sino amortiguar el dolor, reorganizando nuestra forma de vivir.

A partir de ideas de Christian Ferrer en su libro El Entramado.

 

Una fe sin templo

Hay una frase de Christian Ferrer que queda dando vueltas después de leer El entramado: “Lo que en otro tiempo fue llamado Zeus o Jehová o Gran Espíritu hoy se llama Producción, Planificación y Tecnología”. La frase puede sonar exagerada, casi provocadora. Pero alcanza con mirar alrededor nuestro para entender que no habla solo de máquinas. Habla de una creencia, de un mandato de época, de vidas contemporáneas dentro de un parque sociotécnico.

En la actualidad, a la técnica le pedimos algo más que funcionamiento. Le pedimos orientación, alivio, promesa, orden. Una aplicación para dormir mejor. Otra para medir el ánimo. Otra para movernos. Otra para administrar el tiempo. Otra para mejorar el cuerpo. Otra para concentrarnos. Otra para calmarnos. Otra para saber qué sentimos, cuánto rendimos, qué nos falta, qué deberíamos corregir. Y así, un largo listado de etcéteras. La técnica dejó de ocupar el lugar de una herramienta puntual y empezó a organizar la manera en que trabajamos, descansamos, deseamos, cuidamos el cuerpo, entendemos el dolor y buscamos consuelo.

Antes se le pedía a los dioses sentido, protección, destino. Hoy muchas veces se le pide a la técnica una tarea parecida: que reduzca la incertidumbre, que amortigüe el malestar, que vuelva administrable la vida. La religión tecnológica no necesita un templo porque se distribuye en gestos mínimos: desbloquear el celular al despertar, consultar una métrica, recibir una recomendación, seguir una rutina, aceptar una promesa de mejora. No exige fe declarada. Alcanza con vivir como si todo problema tuviera una solución disponible, medible y optimizable.

El sistema que promete alivio

Ferrer piensa la técnica como una cosmología: una forma de organizar el mundo, el sentido y la vida cotidiana. La modernidad técnica no se limita a inventar artefactos; también produce una manera de mirar, de pensar y de sentir. Todo aparece como algo disponible para el cálculo y el control: la naturaleza, el tiempo, los cuerpos, las emociones, los vínculos, la atención. Cada dimensión de la experiencia puede así ser medida, corregida, acelerada, entrenada, monetizada o ajustada.

La modernidad técnica no se limita a inventar artefactos; también produce una manera de mirar, de pensar y de sentir. Todo aparece como algo disponible para el cálculo y el control

Ahí aparece el círculo vicioso que Ferrer describe con tanta precisión: cada solución técnica genera nuevos problemas que después reclaman más técnica. Dormimos mal y aparece la app del sueño. Nos distraemos y aparece la app de foco. Nos sentimos solos y aparece la plataforma de vínculos. Nos comparamos y aparece el tutorial de autoestima. Nos agotamos y aparece el influencer de turno hablando de bienestar. La técnica no sólo ofrece respuestas; también reorganiza las preguntas. Cambia la forma en que nombramos lo que nos pasa.

El riesgo aparece cuando la vida empieza a leerse desde el lenguaje de la eficiencia. Ya no decimos solamente “estoy cansado”, “estoy triste”, “me siento solo” o “necesito parar”. Empezamos a hablar de rendimiento bajo, falta de hábitos, mala gestión del tiempo, déficit de concentración, baja energía, desregulación emocional. Palabras que pueden ayudar a comprender algo, claro. Pero también pueden convertir la fragilidad en un problema de administración personal. Y cuando eso ocurre, el dolor pierde mundo. Esto es, queda encerrado en la persona fallada que debe corregirse.

La fábrica del bienestar

En la actualidad, el poder no opera únicamente mediante prohibiciones, castigos o disciplina visible. La transición de Foucault a Deleuze (de la vigilancia al control) permite ver cómo las sociedades contemporáneas gobiernan a través del bienestar. Aplicaciones de productividad, cultura wellness, gurús corporativos, dopamina administrada, consumo personalizado, rutinas de optimización, métricas del cuerpo, recomendaciones algorítmicas. Todo un sistema orientado a amortiguar la fricción y sostener el funcionamiento.

Hay que estar bien para seguir. Descansar para rendir. Meditar para producir. Entrenar para encajar. Registrar el ánimo para gestionarlo. Mejorar el cuerpo para volverlo proyecto. Cuidarse, muchas veces, queda atrapado en una exigencia de productividad sensible: no alcanza con trabajar, también hay que vivir bien de un modo demostrable, medible, comunicable. El bienestar deja de ser experiencia humana y se vuelve mecanismo de regulación subjetiva.

Lo inquietante de estos procesos no está en que existan herramientas para sentirse mejor. Muchas pueden ayudar, varias son más que necesarias. Pero la pregunta política aparece cuando todo malestar se vuelve una falla que debe corregirse rápido. Cuando la tristeza, el aburrimiento, el cansancio, la incertidumbre o la angustia ya no encuentran tiempo para elaborarse y pasan directamente al circuito de la gestión. La técnica promete alivio, y a veces lo da. Pero también puede dejarnos sin lenguaje para atravesar aquello que no se arregla con una interfaz.

Algoritmos para el alma

La técnica ya no organiza solamente la producción o el consumo. La técnica contemporánea organiza la sensibilidad de la época. Los algoritmos aprenden a administrar atención, deseo, ansiedad y aburrimiento en tiempo real. Saben cuándo insistir, cuándo mostrar, cuándo sugerir, cuándo empujar una compra, una comparación, una imagen, una pertenencia. No distribuyen únicamente contenidos: distribuyen ritmos afectivos, ordenando así las esperas, capturando los impulsos, fabricando pequeñas promesas.

Como antes las religiones ofrecían sentido y orientación existencial, hoy el sistema técnico ofrece estimulación permanente, regulación afectiva y amortiguación emocional personalizada. No promete salvación eterna. Promete alivio inmediato: un video más, una compra más, una métrica más, una rutina más eficiente. Una versión mejorada de uno mismo, que como todo alivio, pide repetición.

Como antes las religiones ofrecían sentido y orientación existencial, hoy el sistema técnico ofrece estimulación permanente, regulación afectiva y amortiguación emocional personalizada. No promete salvación eterna. Promete alivio inmediato

Ahí la religión tecnológica muestra su fuerza más profunda: no obliga desde afuera, sino que nos acompaña desde adentro. Se ofrece como ayuda, como comodidad, como recomendación, como cuidado, como mejora. No necesita convencernos de grandes verdades, le alcanza más bien con estar disponible cada vez que aparece una incomodidad. Y si cada incomodidad encuentra una respuesta técnica inmediata, se vuelve cada vez más difícil sostener preguntas comunes sobre el sentido, el límite, el deseo o la vida compartida.

El cuerpo disponible

El último territorio técnico parece ser el cuerpo: fitness (to fit: encajar), biohacking, cirugías estéticas, bótox, ácido hialurónico, longevidad, farmacología cotidiana, suplementación, métricas de sueño, conteo de pasos, control hormonal, optimización cognitiva ya forman parte del paisaje cotidiano. El cuerpo empieza a verse como una plataforma siempre actualizable, algo que puede ajustarse, corregirse, expandirse, anticiparse y maximizarse.

Esta transformación es sustantiva. Durante mucho tiempo el cuerpo fue también límite: cansancio, edad, dolor, opacidad, fragilidad, etc. Hoy buena parte de la cultura técnica lo convierte en proyecto. Ya no alcanza con vivir en un cuerpo, hay que leerlo, medirlo, mejorarlo, disimular su desgaste, anticipar su deterioro, volverlo competitivo, atractivo, funcional y sobre todo disponible. La promesa es clara: intervenir la fragilidad antes de que hable demasiado.

Pero la fragilidad humana insiste, ya que ninguna técnica la puede eliminar del todo. 

Lo que el confort vacía

La técnica promete confort, y muchas veces lo da. Sería absurdo negar la potencia de la medicina, de una prótesis, de una tecnología asistiva, de una red que conecta, de una herramienta que permite aprender, crear o sostener vínculos a distancia. El problema empieza cuando el control, la optimización y el rendimiento se vuelven valores absolutos. Ahí el confort empieza a vaciar algo: la conversación acerca del límite, la experiencia del tiempo lento, la posibilidad de aburrirse, el aprendizaje de la frustración, la construcción colectiva de sentido, la pregunta por aquello que no puede resolverse rápido. La religión tecnológica se sostiene en una promesa muy seductora, que es la de vivir con menos fricción. Pero una vida sin fricción también puede ser una vida con menos espesor.

El pensamiento de Ferrer sirve porque obliga a mirar más allá del dispositivo. La pregunta no termina en si usamos mucha o poca tecnología. Los interrogantes que abre son ¿qué tipo de vida queda organizada alrededor de ella? ¿qué dolores aprende a callar? ¿qué deseos aprende a fabricar? ¿qué cuerpos aprende a corregir? ¿qué vínculos aprende a reemplazar? ¿qué promesas aprende a vendernos como destino?

Preguntas para salir del encantamiento

La salida no pasa por destruir las máquinas ni escaparse a vivir en medio de la montaña. La cuestión está en construir otras relaciones con y entre ellas. Hablamos de tecnologías que sean capaces de producir sentidos en común, experiencias compartidas, sensibilidad, conversación, cuidado. Tecnologías que no conviertan cada fragilidad en falla individual. Que no reduzcan el bienestar a rendimiento. Tecnologías, a fin de cuentas, que no administren el dolor hasta dejarlo sin palabra.

Porque el problema de fondo no está en una pantalla, una app o un algoritmo aislado. Está en una cultura que aprendió a esperar de la técnica una respuesta para todo. Incluso para aquello que exige presencia, duelo, comunidad, tiempo, silencio o conflicto.

La técnica sigue avanzando.

La pregunta es si todavía queremos y podemos discutir hacia dónde.

 

Un resumen de este texto fue publicado en Instagram el 13 de mayo de 2026
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