El like, el comentario y el compartir: los reyes de la casa

A partir de la lectura de Delphine de Vigan

Hablamos de la novela Los reyes de la casa con spoilers. La recomendación: deja esto para más tarde si pensas leerla. 

Notas de una educadora

Leí Los reyes de la casa de Delphine de Vigan y subrayé casi todo, porque la novela hacía eco con lo que venimos viendo en talleres, en escuelas, en el territorio. Lo que ya estábamos pensando con otras lecturas, con lo que nos cuentan las chicas y los chicos desde hace años.

Hace una semana, una chica de dieciséis años me dijo en un taller:

—Hace poco empecé a seguir a mi mamá en Instagram. Vi un montón de fotos mías que no sabía que estaban.
—¿Las archivarías?
—Las quemaría.

Esa respuesta no necesita análisis. La novela tampoco. Pero Los reyes de la casa me dio algo: la posibilidad de mirar todo lo que rodea esa frase en un solo giro. Lo que está alrededor de la chica que querría quemar las fotos. Lo que está alrededor de la madre que las subió. Lo que está alrededor de la familia de la novela que plantea Delphine.

La novela narra la historia de una familia influencer en la que la madre digita todo, la hija y el hijo son el producto y el padre, el productor. La cuenta de YouTube se llama Happy Break y tiene millones de seguidores. Kimmy, la nena, tiene seis años y empieza siendo la estrella. Después se suma Sammy, su hermano. Los dos filman, los dos sostienen el contenido. Hasta que un día Kimmy desaparece. El secuestro, que el lector descubre página a página, no es lo peor que pasa ni siquiera lo más angustiante de la novela.

Mélanie, la madre de la novela, como digitadora de esa superproducción, no evíctima ni verdugo —dice de Vigan con una frialdad que duele— simplemente pertenece a su tiempo. Y su (este) tiempo dice que para existir hay que acumular visitas, likes y stories. Mélanie no aparece como excepción ni como exceso. Encaja. Su deseo coincide con el régimen que la rodea. Existir implica circular. La vida encuentra valor cuando vuelve lrespuesta.

Hacer foco

Eso que muchos llaman sharenting, quedó chico. Durante mucho tiempo lo nombramos como práctica de compartir y podríamos pensar en algo que se corrige con información o con conciencia. Pero desde hace un tiempo, corridos por la cuidadanía, en Faro hicimos zoom a la práctica. Sharenting es sostener una economía sobre una subjetividad. No es un gesto aislado: una vez, una foto. Es una condición. Una infancia, como Kimmy o Sammy de la novela, que crecen aprendiendo qué gestos convocan, qué momentos retienen, qué caras funcionan. No actúan. Habitan un mundo donde existir y ser vistos son la misma operación.

La novela no carga las tintas en ella. Abre, y yo me quedé en esa apertura. La novela trabaja sobre una complicidad más amplia. Lo que ocurre en esa casa no se detiene afuera. La audiencia mira, comenta, sostiene. Las instituciones no irrumpen. La incomodidad circula sin corte. No se trata de ausencia de normas, sino de una cultura que tolera y hasta premia esa disponibilidad.

La maestra que algo percibe y dice algo pero actúa poco.
El barrio que mira, comenta, vigila e incluso bromea.
La organización que protege a la infancia, recibe un dinero y lo devuelve en un gesto que parece incluso «correcto».
La policía que aprendió a leer el espectáculo mediático, igual cierra el expediente.
El algoritmo que amplifica la tragedia y el día a día con la misma lógica.
La IA a la que no le llama la atención esa nena con tic que aparece en los videos.
La ley que se vota y después cae en el olvido.
La familia ampliada que se preocupa más por los medios que por el sostén.
Los medios que amplifican y enuncian verdades fragmentadas.

Nadie falla por ignorancia. Todos saben. Y todos cierran los ojos. Ningún adulto está ausente del todo. Pero ninguno se hace cargo. Sostienen, observan, diagnostican, se retiran. La crianza, incluso cuando se vuelve dispositivo, sigue siendo un trabajo de mujeres. También cuando lo que se cría es una mercancía.

Los bordes de la realidad

De Vigan nombra el síndrome del show de Truman. La referencia no es decorativa. Lo que Truman tardó una película en descubrir, Kimmy y Sammy lo habitan desde su más tierna infancia. La diferencia es que esa infancia no tiene un borde del set al que llegar. La cámara es la casa. La casa es el contenido. Y el mundo que mira no considera que haya nada raro. A Kimmy y a Sammy nadie les miente. Saben que la observación es 100% del día.

La pregunta que la novela tira casi de paso es la más difícil: ¿en qué clase de adultos se van a convertir? No como reproche. Como pregunta genuina. Y entonces aparece el detalle que De Vigan deja brillar al fondo: secuestran a Kimmy y no a Sammy. Kimmy es la que después puede hablar, la que denuncia, la que para la máquina. La adolescente que se rebela. Pero puede rebelarse porque del otro lado hay un hermano que sobrecuida, que hace todo lo que la madre pide, que sostiene la escena para que ella tenga lugar para quebrarla. La rebelión de una infancia descansa sobre el sostén de otra infancia. Es infancia sosteniendo infancia, porque ningún adulto los sostiene a ellos y ellas.

Sammy hará lo suyo más tarde, ya con veinte años, encerrándose, eligiendo no estar más frente a la cámara. Cada hermano dice basta a su manera, cuando puede.

Preguntas finales

Madres y padres son protectores, no poseedores de la imagen de sus hijos e hijas —dice la novela casi al final, como tesis jurídica. Pero esa frase necesita un Estado que la sostenga, una cultura que la habilite, y algo más que una ley votada en el pico de la indignación y olvidada cuando baja el escándalo.

Y nos necesita. ¿A nosotras? ¿A nosotros? Sí. Porque la novela también pregunta eso, aunque no lo diga. Qué hacemos con lo que vemos. Qué hacemos con lo que sabemos. En qué clase de adultas y adultos nos vamos a convertir frente a las infancias que están creciendo dentro de la cámara —y frente a las infancias que ya están sosteniendo a otras infancias porque nadie más lo hace.

La cámara sigue. Y el encuadre también. La pregunta es si también vamos a seguir mirando.

 

por Milagros Schroder
Coordinadora de Educación de Faro Digital

 

 

Suscribite a Modo Avión

Recibí en tu correo las notas y lecturas recomendadas que preparamos para esta sección