
El lado oculto de la inteligencia artificial
Cuando la tecnología más avanzada del mundo depende del trabajo más invisible
La inteligencia artificial suele presentarse como el gran símbolo del progreso. Innovación, automatización, eficiencia. En ese relato aparecen nombres como Elon Musk, Sam Altman o Mark Zuckerberg, figuras que encarnan el futuro tecnológico. Pero hay otra historia, mucho menos visible, que sostiene todo ese avance.
Ahí aparece Milagros Miceli, socióloga e informática, reconocida por TIME como una de las personas más influyentes en inteligencia artificial. Su recorrido no sigue el guion habitual: antes de llegar a ese reconocimiento, vendía artesanías en la feria de San Telmo. Su trayectoria está marcada por esfuerzo, pero también por una mirada crítica que incomoda.
Porque mientras el mundo celebraba los avances de la IA, ella decidió hacerse una pregunta que pocos querían escuchar.
La pregunta incómoda
¿Quién hace posible la inteligencia artificial? Detrás de cada modelo, de cada respuesta automática, de cada sistema que parece funcionar solo, hay personas. Muchas más de las que imaginamos. Miceli decidió investigar justamente eso: la vida laboral de quienes producen, corrigen y sostienen los datos que alimentan estos sistemas.
Esa inquietud dio origen a Data Workers’ Inquiry, un proyecto inspirado en trabajos de Karl Marx, donde los propios trabajadores relatan sus condiciones. Lo que emerge no es una historia de progreso tecnológico, sino una trama de precariedad, invisibilidad y desigualdad.
La idea de que la inteligencia artificial “automatiza todo” empieza a desmoronarse rápidamente.
El trabajo que nadie ve
La IA no funciona sola. Nunca lo hizo. Detrás de su aparente autonomía hay millones de personas en todo el mundo que etiquetan datos, moderan contenido violento, corrigen errores y entrenan modelos lingüísticos. Son tareas repetitivas, exigentes y, muchas veces, emocionalmente desgastantes.
Quienes realizan este trabajo suelen enfrentarse a condiciones laborales frágiles: contratos inestables, pagos bajos y exposición constante a material perturbador. Sin embargo, su rol es fundamental. Sin ese trabajo invisible, los sistemas simplemente no funcionarían. Y aun así, casi nadie habla de ellos.
El problema no es el futuro
A diferencia de muchas narrativas que advierten sobre un futuro dominado por máquinas, Miceli pone el foco en el presente. Para ella, el mayor riesgo no es una rebelión de la inteligencia artificial, sino algo mucho más tangible: la concentración de poder en unas pocas empresas.
La IA ya está transformando el mundo, pero lo hace dentro de estructuras económicas que profundizan desigualdades existentes. El problema no es lo que podría pasar, sino lo que ya está pasando.
Ciencia, poder y desigualdad
En ese contexto, también surge una crítica más amplia. Mientras algunos países hablan de convertirse en polos tecnológicos, al mismo tiempo recortan inversión en ciencia. Esto genera una paradoja: se promueve la innovación, pero se debilitan las bases que la hacen posible.
El resultado es un sistema global donde ciertos países producen conocimiento, mientras otros quedan relegados a ofrecer mano de obra barata para tareas invisibles.
Romper mitos
Uno de los prejuicios más extendidos es que quienes realizan estos trabajos no están cualificados. Pero la realidad contradice esa idea. Muchas de estas personas tienen estudios superiores e incluso doctorados.
Aun así, terminan atrapadas en dinámicas laborales que recuerdan a la economía de plataformas, como ocurre con Amazon Mechanical Turk de Amazon. Se paga por tarea, no por tiempo; no hay estabilidad ni garantías. Un error puede significar no cobrar. Preguntar demasiado puede implicar quedar fuera del sistema.
En algunos casos, ni siquiera pueden contar lo que hacen. Los acuerdos de confidencialidad les impiden incluir esa experiencia en su currículum o hablar de sus condiciones laborales.
Es un trabajo que existe, pero al mismo tiempo permanece oculto.
La ilusión de la inteligencia artificial
La narrativa dominante presenta a la IA como una tecnología casi mágica, autónoma y poderosa. Pero esa imagen no es casual. Según Miceli, borrar el rastro humano es parte del relato.
Porque reconocer ese trabajo implicaría también reconocer las condiciones en las que se realiza. Y eso incomoda.
Mirar de frente
El aporte más importante de Milagros Miceli no está solo en sus investigaciones, sino en la forma en que redefine la conversación. Ha llevado estas discusiones a espacios como el Parlamento Europeo y el Senado de Estados Unidos, insistiendo en algo poco habitual: incluir a los propios trabajadores en esos debates.
Su enfoque recuerda que la ciencia no es neutral ni abstracta. Tiene consecuencias concretas en la vida de las personas. Y quizás ahí esté la clave.
Entender que la inteligencia artificial no es solo una cuestión tecnológica, sino profundamente humana. Que detrás de cada avance hay historias invisibles. Y que el verdadero desafío no es construir máquinas más inteligentes, sino sistemas más justos. Porque, al final, la pregunta no es qué puede hacer la IA. La pregunta es cómo —y a costa de quién— lo está haciendo.
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