
Cuando el cuerpo de una compañera se convierte en negocio
Una carta llena de preguntas de Faro Digital sobre las dificultades de pensar la violencia digital, las masculinidades y aquello que estamos enseñando a nuestros adolescentes en la era de lo que llamamos IA.
Una realidad abrumadora
Hay noticias frente a las que resulta difícil encontrar las palabras. El caso de Lomas de Zamora, donde familias y estudiantes denunciaron que un grupo de adolescentes habría utilizado inteligencia artificial para crear y vender imágenes sexuales falsas de sus compañeras, es una de ellas.
La gravedad de lo denunciado exige respuestas concretas, ya que hay chicas cuyos derechos fueron vulnerados, responsabilidades que deben investigarse e instituciones que tienen que actuar. Nada de lo que sigue pretende relativizar eso.
Pero queremos detenernos en una dificultad que nos atraviesa como organización dedicada a la educación, la comunicación, los cuidados y los derechos digitales. ¿Cómo pensamos una violencia semejante sin que la indignación clausure nuestra capacidad de comprenderla?
La pregunta importa porque hay respuestas que parecen suficientes hasta que intentamos imaginar qué cambiaría después de aplicarlas.
Castigar a los responsables, ¿y después?
Ante una agresión de estas características, la demanda de castigo es comprensible. Hay una necesidad legítima de establecer límites, proteger a quienes fueron agredidas y exigir responsabilidades a nivel personal e institucional.
Sin embargo, cuando quienes participan son adolescentes, el castigo plantea también un problema educativo. Podemos identificar a los responsables, sancionarlos y dar el caso por terminado. Pero, ¿qué habremos comprendido sobre la cultura en la que crecieron?
¿Quién les enseñó que una fotografía de una compañera puede transformarse en material sexual? ¿Qué lugar ocupa la aprobación de otros varones en esta práctica? ¿Qué se dice en los grupos cuando circulan esas imágenes? ¿Quiénes compran, quiénes festejan, quiénes miran y quiénes callan?
La responsabilidad individual importa. Así también importa reconocer que las conductas y los comportamientos se aprenden en relaciones sociales concretas. Una respuesta exclusivamente punitiva corre el riesgo de convertir una violencia cultural en la historia de unos pocos adolescentes desviados o perversos, como leímos en comentarios en redes. Los sancionamos y nos quedamos tranquilos. Mientras tanto, las condiciones que hicieron posible la agresión pueden permanecer intactas.
La responsabilidad individual importa. Así también importa reconocer que las conductas y los comportamientos se aprenden en relaciones sociales concretas.
El emprendedor que llevamos dentro
Hay otra dimensión que nos preocupa especialmente en este caso: convivimos en una cultura acelerada que nos está invitando (¿exigiendo?) permanentemente a emprender, a hacer plata, a costa de lo que sea. Hablamos en general, pero esto aparece como un mandato especialmente fuerte entre las juventudes, más aún en contextos de crisis económica, precarización laboral y crecimiento de las tasas de morosidad. La época nos y les empuja a generar ingresos, a monetizar sus habilidades, a encontrar oportunidades en internet y convertir cualquier recurso disponible en una fuente de dinero.
La época nos y les empuja a generar ingresos, a monetizar sus habilidades, a encontrar oportunidades en internet y convertir cualquier recurso disponible en una fuente de dinero.
En ese universo, la promesa de la plata fácil convive con plataformas que convierten la atención, la intimidad y la exposición en mercancías. El caso de Lomas permite formular una hipótesis que hasta el momento no manejábamos: ¿qué sucede cuando esa lógica se encuentra con una masculinidad que ya considera disponibles los cuerpos de las mujeres?
En ese contexto, una imagen puede convertirse en un producto, una herramienta de inteligencia artificial puede facilitar su fabricación, un grupo de mensajería puede funcionar como catálogo, y la agresión puede presentarse ante sus participantes como una forma de ganar dinero. Un combo letal que estalla en la escuela, pero que involucra a toda la comunidad. Su abordaje exige responsabilidades concretas de las familias, las escuelas, el Estado, los medios y las empresas tecnológicas.
Volvemos a insistir con el fondo de la cuestión, el cual consideramos fundamental: ¿por qué el cuerpo de una compañera puede ser imaginado como una mercancía? Este interrogante no es algo privado, ni corresponde al ámbito de lo personal, hablamos de una práctica emergente que tiene condiciones sociales e históricas: la permanente cosificación y explotación del cuerpo de las mujeres. Sumado a esto, consideramos también necesario preguntarnos ¿qué beneficios, además del dinero, puede ofrecer esa práctica? El reconocimiento entre pares, la pertenencia a un grupo o la demostración de poder son dimensiones que merecen ser investigadas para abordar este problema de manera integral.
La privatización del sufrimiento
Como veíamos más arriba, estamos ante un caso complejo para analizar desde lo educativo. Especialmente por la centralidad que cobró el caso en la conversación pública y sobre todo por tratarse de una problemática que emerge de una práctica cultural juvenil a través de tecnologías digitales.
La atención mediática y digital hizo foco en pedir la condena de los implicados, pero seguido de eso se ha concentrado en las consecuencias psicológicas para las chicas: el trauma, la vergüenza, el miedo o la angustia. Experiencias que deben ser escuchadas, atendidas y reparadas, sin dudas. Pero hay un riesgo cuando el sufrimiento individual se convierte en el principal lenguaje para comprender una injusticia social y colectiva.
La pensadora Sara Ahmed en La política cultural de las emociones, propone examinar qué hacen las emociones, cómo circulan entre las personas y cómo contribuyen a organizar relaciones sociales. Su reflexión nos ayuda a formular preguntas que exceden el sufrimiento individual.
¿Por qué una adolescente puede sentir vergüenza por una imagen que otros fabricaron sin su permiso? ¿Qué normas sociales hacen que esa imagen tenga capacidad para humillarla? ¿Cómo se distribuyen la vergüenza, el miedo y el reconocimiento entre quienes participan de la agresión y quienes la sufren?
Ahmed también advierte sobre el riesgo de convertir la herida en el fundamento exclusivo de la política. El dolor importa, pero necesitamos reconstruir las relaciones que lo producen. Esto permite pensar críticamente el lugar que ocupa el trauma en la conversación pública.
Cuando una violencia social se traduce exclusivamente a un problema de salud mental de unos pocos, la respuesta puede quedar limitada a la contención, el tratamiento y la recuperación de cada víctima. Las instituciones acompañan a las chicas para que puedan seguir adelante, mientras las relaciones que hicieron posible la agresión quedan fuera de discusión.
Cuando una violencia social se traduce exclusivamente a un problema de salud mental de unos pocos, la respuesta puede quedar limitada a la contención, el tratamiento y la recuperación de cada víctima.
Una adolescente no tiene que demostrar que quedó traumatizada para que reconozcamos que se cometió una injusticia. Su derecho a decidir sobre su imagen fue vulnerado con independencia de la intensidad de las consecuencias psicológicas. Por ello, consideramos que una respuesta adecuada debe poder ofrecer atención individual sin abandonar la transformación colectiva.
La pregunta que nos queda
El caso de Lomas de Zamora nos enfrenta a una contradicción de nuestra época. Una cultura les exige a los jóvenes que aprendan a convertir todo en una oportunidad de negocio o monetización. Cuando esa lógica se encuentra con relaciones de poder profundamente desiguales, incluso el cuerpo de una compañera puede ser tratado como un recurso económico. Después, las consecuencias quedan del lado de las chicas, que deben recuperar su tranquilidad, reconstruir sus vínculos y continuar asistiendo a la escuela.
Frente a eso, necesitamos justicia, reparación y acompañamiento. Esa reparación debe respetar las decisiones de las chicas, sin exigirles reconciliarse con quienes las agredieron. Y a su vez, necesitamos educación: tiempos y espacios para abrir lo sucedido desde la conversación y encontrar diversos caminos para trabajar de manera profunda en que no vuelva a ocurrir (ni en Lomas, ni en un ninguna otra escuela).
Una educación que se atreva a discutir el consentimiento, el dinero, el deseo, la masculinidad, la intimidad y el poder en tiempos digitales y artificiales. Una educación que examine las tecnologías y sus modelos de negocio. Una educación que interrogue las formas de reconocimiento que circulan entre adolescentes. Y que se haga cargo de una pregunta que no admite respuestas rápidas:
¿Qué estamos enseñando, como sociedad, para que algunos adolescentes encuentren en la humillación de sus compañeras una oportunidad de negocio?
Seguimos pensando estas preguntas porque sabemos que la indignación, por necesaria que sea, no alcanza para transformar aquello que la provoca.
Faro Digital
Si sos parte de una institución que se encuentra ante una situación similar o les interesa desarrollar acuerdos preventivos y protocolos de acción ante la violencia de género digital, te recomendamos consultar la Guía EMA, una gran herramienta para pensar y abordar estos casos.
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