
Celulares y escuela ¿asunto separado?
Regular, restringir o prohibir son las reacciones más comunes a la presencia ubicua de los dispositivos, pero ¿alcanza?
Con cada inicio del ciclo escolar, el debate acerca de los celulares vuelve con fuerza. Mientras se multiplican las medidas para restringir el uso de celulares en las aulas, en países como Australia, Francia y España se prohíbe el acceso de las redes sociales a menores de 16 años. La tendencia global parece clara, pero ¿cómo pasamos tan rápido de pensar en las niñeces como “nativos digitales” a preocuparnos porque TikTok les fríe el cerebro?
Durante la primera década de los 2000, el discurso educativo dominante sostenía que el celular venía a revolucionar la educación. La escuela, lenta, analógica y vetusta, se iba a poder aggiornar con esta nueva tecnología. Incluso se llegó a plantear el reemplazo de la escuela y de los docentes, que ya no servirían más para los procesos de enseñanza y aprendizaje. Los dispositivos móviles traerían motivación, innovación y democratización del saber, y el aula digitalizada se constituyó así en una promesa, una solución que la pedagogía no había podido brindar.
Casi 20 años después, encontramos que el péndulo se desplaza hacia el otro extremo. El celular es hoy la gran amenaza, fuente de distracción, ansiedad y conflicto. Con el debate oscilando entre el entusiasmo ingenuo y el pánico moral, hay un interrogante que queda fuera de foco: ¿qué tipo de experiencia escolar queremos construir en un mundo acelerado y digitalizado?
Desde Faro sostenemos que no es posible reducir el problema a consignas simples —¿permitir o prohibir?—, porque no se resuelve idealizando ni demonizando los dispositivos.
El fetichismo tecnológico
Hay una idea que atraviesa nuestra perspectiva: la tecnología es cultura materializada. Por eso, concentrarnos en la técnica como salvación (el solucionismo tecnológico es un buen ejemplo de esto) o como condena final significa obturar una gran parte del problema. Entender a la técnica como cultura es reconocer que las tecnologías son parte nuestro ambiente. Convivimos con y entre las tecnologías, por lo que no pueden ser causa única ni solución mágica a los problemas educativos.
Entender a la técnica como cultura es reconocer que las tecnologías son parte de nuestro ambiente.
Los dos polos de la reacción ante el celular en la escuela que describimos comparten una simplificación: se enfocan en las tecnologías y desplazan las condiciones sociales, culturales y económicas en las que se insertan.
La escuela no está en crisis por el celular. La escuela atraviesa tensiones estructurales más profundas —desigualdad, precarización, fragmentación social, sobreexigencia emocional, crisis de autoridad pedagógica, saturación informativa— y el celular ingresa en ese escenario, amplificando y complejizándolo.
Las tecnologías no son herramientas neutras
Otra simplificación frecuente es considerar al celular como una herramienta cuyo impacto depende del “buen” o “mal” uso que le demos. Las tecnologías digitales tienen intenciones inscritas en su diseño. Están atravesadas por modelos de negocios, son arquitecturas algorítmicas orientadas a retener nuestra atención que influyen en cómo nos relacionamos, exponemos e informamos. Las tecnologías son históricas, promueven unos modos de vivir y no otros, tienen intereses, valores y objetivos concretos.
Con todo, sucede que la prohibición no elimina el mundoambiente digital como espacio de convivencia. Aunque el celular no esté físicamente en el aula, la cultura digital y sus tensiones sí lo están: en las conversaciones del recreo, en los conflictos que llegan al aula, en las expectativas de reconocimiento, en las formas de vincularnos con nosotros mismos, con los otros y con el mundo. Lo digital no es un “afuera” que se pueda separar con una norma escolar, es parte del entorno en el que crecen las niñeces y adolescencias.
Aunque el celular no esté físicamente en el aula, la cultura digital y sus tensiones sí lo están.
¿La escuela como burbuja o como laboratorio democrático?
En este escenario aparecen dos posiciones que replican el debate pendular del que hablamos antes: una sostiene que la escuela debe convertirse en un espacio de desconexión radical, una burbuja protegida frente a la contaminación digital; la otra, que debe integrarse plenamente al ecosistema tecnológico, adaptándose sin fricciones.
En Faro consideramos que ambas opciones son insuficientes porque desplazan el hecho de que la escuela es, ella misma, una tecnología social. Es un dispositivo que históricamente organiza el tiempo, los cuerpos, saberes y vínculos. La escuela no es opuesta a la técnica, por el contrario, es una técnica particular que propicia el encuentro y la transmisión intergeneracional.
Salir del debate sobre el celular en el aula, independientemente de los acuerdos institucionales —prohibición total, regulación parcial o uso pedagógico situado—, nos permite preguntar qué tipo de experiencia colectiva construimos cuando está y cuando no.
Que el aula sea un espacio-tiempo para pensar lo digital implica proponer a los y las estudiantes observar qué sienten en las redes o qué conflictos reconocen en entornos digitales, pero también cómo operan esos entornos, qué principios e intereses movilizan la comunicación ahí. Pero que puedan hacerlo con adultos. Ahí aparece el gran faltante de época: el diálogo intergeneracional.
Conversar incluso cuando está prohibido
Si una institución decide prohibir el celular durante la jornada escolar, eso no puede significar prohibir la conversación sobre lo que ocurre en los territorios digitales. Sería un contrasentido. La escuela no puede desentenderse de aquello que organiza buena parte de la vida afectiva y social de sus estudiantes. Si el celular no está sobre el pupitre, debe estar sobre la mesa de discusión.
La escuela no puede desentenderse de aquello que organiza buena parte de la vida afectiva y social de sus estudiantes.
Hablar de violencias digitales, de apuestas online o de circulación de imágenes íntimas, y también de sus intereses y experiencias en entornos digitales, es dar lugar a las voces de los chicos y chicas, no para “personalizar” la educación —como escuchamos durante tantos años —, sino para incentivar la participación en la escuela como espacio de lo común. Es ahí donde podemos, como adultos responsables de sus aprendizajes y cuidados, disputar los sentidos generados en sus imaginarios y subjetividades entre plataformas.
Esta intervención pedagógica y vincular no tiene que ver con moralizar; se trata, más bien, de construir criterios. No es nuestro rol infundir o traspasar nuestros miedos, sino levantar la mirada de los dispositivos para elaborar colectivamente lo que sucede a través y alrededor de ellos. Y esto no solo aplica a lo que les pasa a niñeces y juventudes, sino también a nosotros adultos como parte del ecosistema digital.
Una perspectiva de cuidado
Desde nuestra experiencia en escuelas, vemos que, cuando el debate se limita a controlar el objeto, se pierden oportunidades pedagógicas fundamentales. Porque el cuidado no es solo restricción, es también acompañamiento, anticipación y conversación.
La escuela puede ser un territorio donde se ensayen formas de convivencia que no estén regidas por la lógica del like, la viralidad o la respuesta inmediata. Puede ser un lugar para desarmar algoritmos, en vez de competir con ellos; para problematizarlos y contextualizarlos. Por eso, consideramos que la escuela es un espacio privilegiado para trabajar, junto a los estudiantes, las vivencias e interrogantes sobre los entornos digitales. Esto exige tiempo, sí; también formación docente, acuerdos institucionales, recursos y participación de las familias. No se resuelve con una medida aislada.
Más allá del dispositivo
En definitiva, el debate sobre celulares en el aula no puede reducirse a una decisión técnica, porque involucra directamente a los vínculos queremos construir. ¿Cómo acompañamos a las niñeces y adolescencias sin alarmismo ni ingenuidad? ¿Cómo tramitamos la expansión de la digitalidad sin delegar todo en sus dispositivos? ¿Qué otras formas de la técnica existen y qué relaciones con ella podemos tejer?
Regular, restringir o prohibir son decisiones legítimas si están debatidas y consensuadas. Pero lo irrenunciable es otra cosa: que la escuela siga siendo un espacio donde lo digital se piense colectivamente. Porque sacar el celular del aula no nos saca del mundo digital. Y si no promovemos un diálogo intergeneracional, lo único que hacemos es dejar a las juventudes solas en ese entorno. Ese es un riesgo que ninguna norma puede resolver.